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4 de febrero de 2012
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"Hablemos de periodismo", blog de Miguel Ángel Bastenier

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  • Lo que no tiene América Latina 5 comentarios

    En octubre del año pasado cuando estaba presentando en Quito mi libro 'Cómo se escribe un periódico' un joven periodista de entre el público me preguntó por qué publicaba aquel trabajo, habida cuenta de que, como yo mismo afirmaba, la Prensa de Papel se hallaba en una crisis que muchos expertos temían que fuera terminal.

    La pregunta era legítima y pienso que la respuesta, también apropiada. Dije que todo, absolutamente todo lo que cupiera aprender sobre periodismo impreso con mi libro, mi curso de Cartagena del que fue excelente alumno Héctor Alvarado, o con lo que sea, es plenamente aplicable al periodismo digital; que nada de todo ello queda fuera o hay que olvidar.

    El periodismo sobre medio electrónico comporta otras ventajas, lo que es magnífico para nuestra profesión, como el audio, el video, la interacción, el meta e hiper-texto, el link infinito y todo lo que yo ignoro sobre el particular, que es mucho. Pero el periodismo como práctica profesional sigue siendo básicamente el mismo, solo que mejor.

    La realidad a la que nos enfrentamos, aunque en América Latina los efectos sean todavía solo incipientes, es la de que sobran diarios. En España hay 132, lo que significa que además de media docena de periódicos de ámbito nacional, cada una de las 50 provincias del país cuenta con dos, tres o más diarios de irradiación local, comarcal o regional. En Portugal, con una cuarta parte de la población española, hay más de 40 publicaciones diarias, y cifras similares corresponden a Francia, Italia, Alemania y Gran Bretaña. Sería ilusorio creer que esa realidad no va a experimentar alteraciones en un futuro no muy lejano. En Estados Unidos la 'poda' comenzó ya hace unos años, y América Latina no es el planeta Marte. Las cosas tardan a veces, pero siempre acaban por llegar.

    Y en un intento de clasificación, cierto que muy genérica, de los diarios  vinculándola a su capacidad de sobrevivencia, yo hablaba ya a fin del siglo pasado de dos grandes categorías y un cajón de sastre, que es de lo que precisamente trata la tesis de Héctor. Los diarios se clasificaban en esta visión de 'perspectivistas', de 'proximidad', y todos los demás.

    Aunque el joven docente cuyo libro prologo lo explica en detalle, digamos someramente que el 'perspectivismo' es el de aquellos diarios que pretenden hablar del mundo al mundo, y si nos centramos en México, los que explicarían México al mundo y el mundo a México, todo lo que implica, por supuesto, una gran plantilla, un gasto de funcionamiento cotidiano muy importante, un buen equipo de corresponsales en el país y en el extranjero, y un mercado que sustente toda esa costosa operación.

    Los de 'proximidad', contrariamente, son los que tienen como campo privilegiado de actuación un radio en torno a una capital, un punto o centro comercial, una zona con características propias, de no muchos kilómetros a la redonda, aunque no cabe hablar de una receta universalmente aplicable y cada país tiene las dimensiones de 'proximidad' que le corresponden. Pero lo importante es que esos diarios no intentan más que mínimamente contar el mundo a sus lectores -siempre con información de agencia- e incluso cubren apenas expeditivamente los asuntos nacionales, para dedicar la casi totalidad de su empeño en ahondar en lo propio, lo que pertenece exclusivamente a ese radio de acción. Ahí es donde han de ganar lectores porque los 'grandes', por mucho que lo intenten, no están en condiciones de competir.

    Finalmente, los demás son los que no son ni una cosa ni otra, los que quieren hacerlo todo, pero nada del todo bien.

    Pues, bien, en América Latina, con algunas excepciones relativas que hay que buscar en Buenos Aires, no hay diarios ni de una ni de otra categoría; todos son del cajón de sastre. Las razones son múltiples, pero la fundamental es de orden socio-económico. Aunque no haya una correlación perfecta entre desarrollo educativo y económico y venta de diarios, está claro que alguna vinculación ha de existir. Y la consecuencia de ello es que el mercado latinoamericano de Prensa es exiguo y, por lo tanto, incapaz de soportar un diario perspectivista, aunque parece que en tiempos pasados el antiguo Excelsior hizo un esfuerzo notable en ese sentido.

    La forma canónica de medir la penetración de un diario en la sociedad consiste en establecer el número de ejemplares vendidos por mil habitantes. El récord histórico, aunque como todos nosotros en pronunciado descenso, lo han tenido desde siempre los países escandinavos, hoy todavía con unos 400 y pico de ejemplares por millar de compradores potenciales. España ha caído en los últimos 10 años de 105 o 106 a 93 o 94, con lo que se halla casi a la cola de la Unión Europea, y todo ello computado por organismos independientes que dan el número exacto de copias vendidas al año y día. ¿Y América Latina? Misterio. Salvo de nuevo en Buenos Aires donde en los últimos años ha habido algunas computaciones independientes, no hay en ningún país que yo conozca una contabilidad fidedigna. En Colombia, país que conozco algo, mi cálculo personal no me da más de 25 o 30 ejemplares por millar; calculen ustedes mismos cuántos pueden ser en México. En Argentina y Costa Rica hablan de unos 75. Y yo he preguntado a notables periodistas mexicanos por qué no hay un solo diario de esas características en un país como México de 110 millones de habitantes, una cultura riquísima, y una clase educada si no mayoritaria sí en número considerable, y me han contestado que ese tipo de diario no es rentable, que el público no lo pide -jamás se lo han ofrecido, con lo que mal puede echarlo en falta- y cosas por el estilo que son verdad, pero no toda la verdad.

    Esa misma ausencia de diarios 'perspectivistas' es lo que permite u obliga a los diarios que no son ni chicha ni limoná a cubrir, aunque siempre de forma insuficiente, esa totalidad de intereses, bien que al precio en muchos casos de descuidar el ámbito de lo inmediato o al menos de no cultivarlo a fondo como interesaría al lector local.

    Es mi convencimiento, así como el de muchos y mejores observadores de estos fenómenos, especialmente en el mundo anglosajón, que puede que sobrevivan algunos diarios 'perspectivistas', probablemente no más de uno o dos por país o área cultural -en la actualidad no hay más de una quincena en toda Europa occidental- y naciones todas con más de 25.000 dólares de renta per capita para una elite que es posible que quiera seguir leyendo en papel; y un número quizá mayor pero muy difícil de determinar de diarios de proximidad, aquellos que se hagan imprescindibles como instrumento de comunicación, asociación y hasta democrática complicidad de las fuerzas vivas locales. Pero no me juego nada a que así sea. ¿Y los de factura intermedia? En América Latina aún tienen fuelle por las carencias apuntadas, en el mundo del 'perspectivismo', pero nadie puede extenderles un salvoconducto para el futuro.

    De todo esto trata el trabajo de Héctor Alvarado. Seamos realistas y entendamos que si las noticias no son buenas, no por ello menos hemos de plantearnos el combate por esa pervivencia; y si cabe imaginar que podamos tener éxito solo se me ocurren para expresar esa posibilidad dos palabras: agenda propia; o la capacidad, hoy casi inexistente tanto en América Latina como en España, de hacer diarios -dentro de un mismo género como serían los de información general, no los 'populoides' que estarían mucho más cerca de la proximidad- que fueran verdaderamente distintos entre sí, aquellos que permitan decir al lector que la interpretación de la realidad que consideran más rica y satisfactoria es la que encuentra en 'su' diario. Pero, por favor, si las noticias no son del todo buenas, no maten por ello al mensajero.

    Miguel Ángel Bastenier amplía estos y otros conceptos en su libro "Cómo se escribe un periódico, el chip colonial y los diarios en América Latina". 

  • El que ha leído periódicos mal hechos toda su vida está condenado 1 comentario

     

     

                                

    Por: Miguel Ángel Bastenier

    El que ha leído periódicos mal hechos toda su vida está condenado, como Sísifo, a repetir profesionalmente lo que ha visto: hacer malos periódicos. Cuando digo que los ingleses (y los anglosajones, en general,) 'no saben hacer mal los periódicos' quiero decir que desde que el mundo es mundo y la Revolución Industrial su profeta, los hijos de la Pérfida (pero sabia) Albión han leído periódicos técnicamente bien hechos y carecen por ello, como sí nos ocurre a nosotros los latinos, de los conocimientos necesarios para hacerlo mal.

    Así se ha ido formando una especie de cuasi biología periodística británica que es la antítesis de lo que hoy ocurre en América Latina. El 'chip colonial', ese virus dejado por los españoles de engolamiento, verbosidad, pompa, administrativismo que era el lenguaje oficial en Las Indias, vive aún entre nosotros y se propaga a la velocidad de la enseñanza escolar deficiente, de la carencia de libros en el hogar, y de la corbata de la auto-importancia que, como dice María Teresa Ronderos, se pone el periodista latinoamericano para sentarse a llenar de ruedas de prensa su periódico.

    Pero si es verdad que los latinos hasta no hace mucho teníamos todo en contra para hacer buenos periódicos, porque desconocíamos de una manera cotidiana y natural su existencia, Internet puede cambiarlo todo. Hace unos años en un diario venezolano en el que estuve varias semanas recuerdo que en un momento de una cierta desesperación al comprobar que no estaba del todo claro para alguno de mis interlocutores qué era eso del presente de indicativo, pedí a los jóvenes redactores que hicieran el ejercicio de leer en internet otra prensa, europea o norteamericana. Y una niña que había escuchado en silencio mis palabras, días más tarde en otra reunión de trabajo, me dijo que había seguido mi consejo y expresándose con enorme clase, seriedad y propósito, casi más hablando con ella misma que conmigo, dijo solo estas palabras: "Es otra cosa; es otra cosa".

    Esa 'otra cosa' es no hacer prólogos a la información; desechar cuando no se sabe cómo manejarlo el llamado 'lead retardado' y volver al sólido sujeto-verbo-predicado; no confundir interpretación (por qué pasan las cosas que pasan) con opinión (lo que me gusta o no que pase); soltar lastre a medida que la información avanza ( no repetir cada vez el nombre completo de cada cosa, sino aludir simplemente de la manera más sintética a quien o que corresponda); hacer que el marciano de marras entienda todo lo que se escriba en el periódico; no dejar cabos sueltos, o expectativas de información no satisfechas; no dejar nunca de consignar cuándo y dónde ocurren las cosas y tantas más que no preocupan a los ingleses porque llevan en la masa de la sangre no saber hacerlo de otra manera que respondiendo automáticamente a todas esas situaciones.

     

    En el libro de Miguel Ángel Bastenier "Cómo se escribe un periódico. El chip colonial y los diarios en América Latina", puede ampliar acerca de muchos de los conceptos aquí mencionados

    Detalle del óleo sobre lienzo "Sisifo" del artista Tiziano

  • En la pantalla lo que vemos es un verdadero periódico, aunque tenga una espacialidad diferente a la del papel 1 comentario

                        

    Hemos tenido dos días de curso sobre periodismo digital con uno de los responsables de la redacción de EL PAÍS, Bernardo Marín, actor y testigo excepcional de lo que se suele llamar 'la convergencia' de las diferentes aportaciones al quehacer profesional de un diario, a la vez impreso y digital. Bernardo dijo cosas muy bien dichas, como por ejemplo, que en el tránsito entre el papel (acabe o no éste por morir) y el soporte electrónico "del periodismo quedará todo". Efectivamente, todo lo que se aprenda con el objetivo de trabajar, si hay suerte, en un periódico impreso, sirve íntegramente para la práctica del periodismo digital; y esto es así porque en la pantalla lo que vemos es un verdadero periódico, aunque tenga una espacialidad diferente a la del papel, y sobre todo permita cantidad de cosas que no son posibles en el impreso como la interactividad, la conexión con una lista infinita de ampliaciones del asunto que sea, el video, el audio y todo lo que en mi ignorancia desconozco. 

    Me niego en redondo, de otro lado, a entrar en la discusión de si en el digital hay que escribir más largo o más corto; porque, exactamente como en el periodismo de papel, hay que escribir lo que corresponda en función de criterios estrictamente profesionales: si es 'agenda propia'; trascendencia del asunto; desarrollo de usuario, o lo que es lo mismo en qué medida la información vaya a ser útil al lector. En definitiva, el periódico (digital e impreso) entendido como un electrodoméstico más de la casa.

     

    Evidentemente, hay determinadas formalidades técnicas que se aplican muy especíificamente a lo digital. Nada ocurre, por ejemplo, en un día particular de calendario, sino en una especie de continuum que sólo tiene, normalmente, hora o cabida dentro de la propia jornada en la que lo lee el usuario. Otro de esos rasgos de lo digital es que surge la conveniencia de proyectar el texto hacia un futuro inmediato porque es, típicamente, una obra en marcha (el 'work in progress' de Joyce). Ese es el caso cuando en un accidente no se sabe aún que haya habido muertos, pero es fuertemente verosímil que así sea y hay que ir preparando al lector para ello. Entiendo yo que el periodismo digital se está ramificando ya (o lo está del todo en los diarios mayores) en dos grandes brazos. Una narración puntual, fáctica, de los acontecimientos que todo el mundo conoce, 24 horas al día 7 días a la semana, el teletipo, en otras palabras, aunque todo ello enriquecido con la información adicional de que se disponga; y un periódico distinto y paralelo al impreso, básicamente de agenda propia y en el que se utilicen a fondo esos elementos específicos de lo digital, audio, video, hipertexto, Habría, aún, me doy cuenta, una tercera pata del invento: el diario tal cual aparece como impreso con ese perfeccionamiento técnico que permita leerlo, a quien así lo quiera, como si fuese página a página. 

     

    En último término, la revolución (como la pintura según Leonardo) es una cosa mental. Hay que trabajar para y desde un periódico integrado, en el que lo electrónico, con todas sus posibilidades, y el papel, con toda su historia, sean aspas de un mismo molino. 

     

    Miguel Ángel Bastenier

  • Cómo desactivar “el chip colonial” 4 comentarios

                                      

    Por chip colonial entiendo yo una permanencia de los tiempos de la colonia por parte de aquellos que tienen o se les atribuye el mandato ciudadano y social, pero decidido exclusivamente por el sistema capitalista. Ese chip se ve reflejado en quien escribe en los periódicos y se siente imbuido de una categoría distinta y superior a la de los demás ciudadanos. 

    Escriben y lo hacen 'desde arriba' para los 'de abajo', en un lenguaje presunto del poder. Es este un lenguaje esotérico, administrativo, colonial porque era el del gobernante ante los súbditos, no los ciudadanos. Es supuestamente culto, pero únicamente rebuscado y difícil de entender. 

    Si nos molestamos en leer con humildad nuestros periódicos veremos cómo la inmensa mayoría sobrenadan en ese caldo de cultivo; como aquel periodista, no quiero decir de dónde, que a una reyerta vulgar llamaba "escenificación de un desorden público". Es lo que la periodista colombiana María Teresa Ronderos dice: "el periodista se pone la corbata para escribir". Y se hace mucho mejor en mangas de camisa.

    Miguel Ángel Bastenier

    Estas son algunas citas del libro “Cómo se escribe un periódico, el chip colonial y los diarios en América Latina”. Hacen referencia a la idea del chip colonial:

    “Se sostiene que el continente de habla española jamás piensa en España, ni la tiene presente en su quehacer diario. No haría falta, si eso fuera verdad, puesto que América la lleva injertada en forma de chip”. 

    “Es un lenguaje administrativo, protocolario, oscuro al igual que toda germanía.”

    “Es el lenguaje que durante la Colonia no estaba destinado a ser cabalmente comprendido, sino aterradoramente obedecido, porque la palabra de la Ley estaba para atemorizar e imponer.”

    “Tiene todas las características de un acertijo en el que una voz externa se impone a la del autor, casi como si nos estuviera haciendo el periódico desde fuera”

    “Poseen un lenguaje de rueda de prensa, de boletín, de comunicado, de todo lo que, por definición, nos llega sin que lo hayamos buscado”.

    “No estoy diciendo que ese lenguaje se haya conservado tal cual, pero sí que ha quedado un relente, un alambicamiento, que hace cualquier cosa menos abordar el objeto de la información”.

    “El periodista se siente muy importante, y nadie a quien paguen tan mal puede serlo.”

    Foto y edición por Jairo Echeverri García

  • Una base y los cuatro pecados capitales del periodismo latinoamericano 16 comentarios

                

    La base de la que hablo es un mercado exiguo, que no defiende al periodista, que arroja a la empresa periodística a los pies de los caballos de los poderes que son, tanto políticos como económicos. Todo nace de ahí, de la exiguidad del soporte económico que condiciona desde su nacimiento a periódicos que quieren hacer más de lo que pueden, mucho más de lo que deben y que por eso lo hacen francamente mal. 

    De ese mercado exiguo, tanto en lo publicitario como lo editorial, se deduce una necesidad hacer periódicos baratos, de personal mal pagado, pero que, sin embargo, al menos en teoría aspira a hacer todo lo que un periódico de regulares dimensiones hace en el mundo occidental desarrollado: el mismo número y más o menos parecida extensión de secciones desde la actualidad nacional, internacional, política, cultural y económica hasta las necesidades que expresan secciones como por ejemplo sociedad, deportes, espectáculos, entretenimientos y Gente. Y no digo que todo eso no deba hacerse, sino que con los medios con se cuenta no tiene sentido casi nunca hacerlo.

    Esos periodiquines padecen una grave condición de:1) Declaracionitis; 2) Oficialismo; 3) Hiperpolitización; y 4) Afasia (mudez sobre) del mundo exterior.

    1) Si tenemos 15 o 20 periodistas para llenar 32 o más páginas formato sábana, está claro que para llenarlas hay que ir a lo fácil. Todo lo que diga casi todo el mundo que tenga algún tipo de autoridad tendrá cabida en esas páginas. Haremos, por tanto, periódicos de lo que la gente dice, que es siempre lo que les interesa que se sepa a los actores del espectáculo supuestamente informativo diario, y no lo que hacen que con gran frecuencia es lo que no quieren que se sepa. Llenar páginas con lo que la gente dice es hacer el periódico que esos personajes quieren, no lo que queremos nosotros y el público verosímilmente demanda. Es lo fácil y lo barato.

    2) Esa declaracionitis, única forma de llenar los diarios, nos conduce irremisiblemente a las grandes fuentes locuaces de nuestro tiempo: los funcionarios, los integrantes de la cosa pública, a los que parece que les paguen solo por hablar. Y cuando digo oficialismo ni siquiera me refiero únicamente a personal de Gobierno, sino a todo lo que huela a oficial: cámaras de comercio, corporaciones, consorcios, ONGs, a los que sirven ese maravilloso eufemismo tan colombiano, tan latinomericano que llamamos y se hacen llamar 'periodistas institucionales', que son justamente dos términos que nunca pueden ir unidos. Lo institucional no puede ser periodístico, ni lo periodístico, institucional, sino todo lo contrario.

    3) Nada más lejos de mi intención que negar el caracter político de los diarios. Desde siempre y para siempre están y estarán hechos de política y cultura, y aun mas de lo primero que de lo segundo, pero el mundo no se acaba ahí. Esos periódicos (virtualmente todos) a los que sólo interesa con alguna urgencia informativa lo político, han olvidado lo que es la vida, y su casi exclusiva preocupación es ese público al que sí interesa prioritariamente la política porque vive de ella, así como a su círculo de servidores o clientes. Pero eso deja fuera a la mayor parte de las clases medias para las que la política existe pero no explica su existencia. Consumo, educación, vida en sociedad, autoayuda, guía doméstica y tantos otros temas, quedan por fuera de los diarios con la consecuencia de que estos, siendo instrumentos insuficientes de cultura, y carentes de todo valor añadido en la interpretación de lo político, tampoco atienden a esas necesidades del que aspira a vivir tanto o más que a votar. Los diarios tienen que ser hoy, en un tiempo en que internet y la televisión ubicua hace que los lectores ya lo sepan todo antes de leer el diario de la mañana, electrodomésticos del hogar; tienen que servir a la vida diaria, ser instrumentos de utilidad cotidiana.

    y 4) Finalmente, esos diarios baratos que solo son capaces de contar lo puramente declarativo, oficial y super-politizado, lo ignoran todo del mundo exterior y todo en el mundo exterior ignora su existencia. La España de Franco, la de la dictadura, estaba paradójicamente mucho más informada de cómo era el mundo que en tiempos de democracia lo están la inmensa mayoría de los diarios latinoamericanos. Así no se forma una ciudadanía.

    Esos son los cuatro jinetes del apocalipsis de la prensa de América Latina. He dicho.    

    Miguel Ángel Bastenier
    Fotografía: Natalia Mesa

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