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Periodistas frente a las injusticias y crímenes en una dictadura

Consulta enviada por: Mariana Guerrero Álvarez, Colombia

¿Es correcto hacer caso omiso de las injusticias y crímenes que se están cometiendo bajo una dictadura por miedo al régimen. ¿Cuál es el deber del periodista?

Respuesta: Si el periodismo se entiende como un servicio público, es evidente que su tarea primordial  es la defensa de los derechos de la población contra los abusos del poder. Esto convierte al periodista en voz de la población, conlleve esto las molestias que  conlleve.

Una norma de prudencia y de eficacia aconseja seleccionar las formas y los medios de expresión que puedan garantizar a la vez que la voz de la población será oída,  la seguridad del periodista; pero esta selección de medios de ninguna manera podrá obstaculizar la difusión de la información.

Para que sea eficaz la defensa de los derechos de la población, se debe partir de hechos verdaderos y comprobados, que deben ser relatados con una intencionalidad precisa. Cualquiera vaguedad o inconsistencia le resta peso moral y credibilidad al periodista. De hecho debe temérsele más a cualquier clase de atentado contra la integridad moral del periodista que a las mismas agresiones. Como cualquier funcionario, el periodista está al servicio del público, y da por descartado que las intimidaciones no impedirán  la prestación de su servicio público. Esta condición predomina sobre su calidad de empleado de alguna empresa y por sobre los riesgos de su seguridad personal.

El carácter de servicio público le da al periodismo un perfil de alto riesgo que debe ser asumido por quien quiera ejercerlo.

Documentación

Testimonió Fidel Cano, director de El Espectador con su gratitud fresca a la primera voz de estímulo que le dio Guillermo Cano: “un hombre que el ejemplo de defender el periodismo a costa de su vida, sin protagonismo, ni buscando fama, con la conciencia de saber que este oficio no es una técnica sino el reconocimiento integral al servicio de la libertad”

La gravedad de lo sucedido el 17 de diciembre de 1986 es apenas comparable con lo que vino después: promesas de justicia que nunca se cumplieron, sicarios que fueron asesinados días después. La primera jueza que encausó a Pablo Escobar tuvo que marchar al exilio para que no la mataran. .El magistrado Carlos Valencia que tuvo el valor de defender la investigación, murió acribillado al salir de su despacho. El periodista y abogado, Héctor Giraldo,  que recibió el poder de la familia para intervenir en el proceso, corrió la misma suerte. La jueza de orden público, Rocío Vélez, que persistió en el expediente, murió a tiros junto con sus escoltas. Y mientras la mafia proseguía con su objetivo de borrar toda opción de justicia, la arremetida contra El Espectador fue total. Un camión bomba fue detonado contra su sede en Bogotá, los gerentes administrativo y de circulación de Medellín murieron asesinados; Juan Guillermo y Fernando Cano tuvieron que aceptar un exilio transitorio.

El baño de sangre de Escobar no paró hasta cuando fue abatido en 1993, y la justicia no logró condenarlo por este y otros magnicidios. La mafia quiso borrar su vida y su memoria pero Guillermo Cano Isaza siguió vigente. .La  dádiva de su vida pudo más que las balas asesinas que ya son solo memoria desechable. En cambio el director de El Espectador es un estandarte de periodismo valiente, porque como lo resumió el periodista y escritor Antonio Caballero, la suya fue una vida digna de ser vivida.

Jorge Cardona en Una vida digna de ser vivida, en Tinta Indeleble.Aguilar, Bogotá, 2012. P. 135.

Respondido por: Javier Darío Restrepo

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