
Empezaré a contar mi historia desde el mismo momento en el que Justo Arizapana terminó de contarme la suya. Entonces bajó la mirada en silencio y continuó limando el trozo de hueso que había dejado secar durante varios días. Esperaba que le dijera algo, pero a ciencia cierta nunca supe qué. Yo llevaba la libreta en la rodilla y hacía rato no apuntaba nada. Más bien me preguntaba cuánto podría haberle costado a este hombre entregarme, en cada palabra, la que prácticamente era su única posesión. Abrí la boca apenas y agradecí su confianza.
Llevaba en aquel momento siete años ejerciendo el periodismo y cada reportaje reafirmaba mi decisión de vida. El 2001, a los diecinueve años, dejé la administración de empresas dispuesto a dedicarme por entero a lo que siempre me apasionó: contar historias. Con un grupo de amigos fundamos el pasquín “2cm de profundidad”. Entonces soñábamos con escribir en algún periódico de circulación nacional aunque al final fue la televisión la que me cautivó. Por aquellos meses comencé a trabajar en Canal N, la televisora del diario El Comercio. Fui redactor, reportero y presentador de noticias. Me marcó especialmente el seguimiento de la labor y entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, el grupo de trabajo que investigó los años de violencia política que sufrió mi país y que marcó, de una u otra forma a todos los peruanos. Alguna vez le conté a Justo Arizapana y a Guillermo Catacora que su historia era como la mía, pero del otro lado.
Viví durante toda mi infancia en San Gregorio, un barrio marginal de Lima en el que proliferaban células de Sendero Luminoso y del MRTA. Teníamos ahí una pequeña empresa con apenas un puñado de trabajadores pero que resultaba más que suficiente para convertirnos en objeto de amenazas. Aún no sé cómo hicieron mis padres para que no sintiera el peligro. Crecí convencido de que las llamadas telefónicas que nos despertaban en las madrugadas eran sólo números equivocados y que el cartucho de dinamita que reventó la puerta de nuestra fábrica estaba en realidad dirigido al vecino. Sólo cuando asesinaron a tío Armando, el hermano de mi abuela, comencé a pensar que los largos brazos de la guerra podían alcanzarnos también. Entonces ya no era un niño.
Cuando cumplí veinticuatro años ingresé como reportero a Frecuencia Latina, uno de los canales de televisión abierta con mayor sintonía en mi país. En mayo del 2006 viajé a Chile para elaborar una serie de reportajes sobre la semilibertad del ex presidente Alberto Fujimori hasta entonces detenido en la escuela de Gendarmería de Santiago a la espera de su extradición. Tiempo después regresaría para informar sobre los funerales del ex dictador Augusto Pinochet.
Me siento un testigo privilegiado y soy consciente de la responsabilidad que eso implica. El 2007 fui enviado a Venezuela para cubrir la tercera juramentación de Hugo Chávez a la presidencia y posteriormente para realizar una serie de reportajes sobre la no renovación de la concesión a RCTV. Pasé mucho tiempo en los barrios marginales de Caracas tratando de comprender a través de sus habitantes los cambios que se desarrollaban en su país. Lo mismo en las villas miseria de Buenos Aires durante el último proceso electoral presidencial, en El Alto boliviano o en La Habana tras la renuncia de Fidel Castro a la presidencia. Me destacaron también a Ecuador, Colombia y Venezuela cuando el gobierno de Álvaro Uribe decidió atacar un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano. En mi país revelé la irregular financiación de varios partidos políticos durante la última campaña presidencial, el abandono de poblados andinos que ni siquiera reconocen la bandera peruana y descubrí el engaño detrás de la inexistente fundación benéfica del futbolista Claudio Pizarro entre otras investigaciones. Ya entonces estaba convencido de que mi pasión por contar historias debía tener un sentido social. Creo que todo periodista espera que su trabajo promueva cambios en la inercia de las cosas.
Una buena tarde me llamó Julio Villanueva, fundador de Etiqueta Negra, para proponerme escribir en la revista. Hasta entonces mi única relación con él era la de lector agradecido. Acepté inmediatamente, no sólo porque escribir para Etiqueta Negra es un honor, si no porque tenía iniciada una investigación que buscaba publicar.
Algunos meses antes, luego de una larga búsqueda, logré encontrar a Justo Arizapana y Guillermo Catacora. Es más, cuando hallé a Justo debí perseguirlo a través de las callejuelas empinadas de un pequeño caserío hasta que finalmente se convenció de que yo era periodista y no agente de inteligencia. Entonces se hacía llamar Julián y acababa de mudarse nuevamente, como tenía por costumbre hacer cada cinco o seis meses desde hacía diecisiete años. Tanto Arizapana como Catacora fueron los testigos que permitieron en 1993 el hallazgo de las fosas clandestinas de universitarios asesinados durante el fujimorismo. Desde entonces su vida fue una constante huída.
Gracias a la paciente labor de edición de Marco Avilés, director de Etiqueta Negra y de David Hidalgo, el Editor General, enriquecimos la crónica con fuentes fundamentales en el relato de dos hombres que pese a la indiferencia general, cambiaron la historia del país. Como si fueran trocillos de hueso, juntamos muchos pedazos de verdad para construir un texto lo más fiel posible a la realidad. Agradezco su manera casi obsesiva de contrastar toda información dada por los personajes principales y por los entrevistados. Sin su guía el reportaje no hubiera podido lograrse. La larga investigación me enseñó mucho profesional y personalmente, aspectos que al final siempre van unidos. Quedé sorprendido con la relación de confianza que desarrollé con Justo y Guillermo pese a su confiesa simpatía con la lucha armada. No podía dejar de imaginarlos al otro lado de la línea telefónica durante aquellas madrugadas de mi infancia, y sin embargo les reconozco una solidez de principios admirable. Pese a nuestras profundas diferencias tuve mucho cuidado en retratarlos con absoluta honestidad y respeto. En suma, sólo ejercí mi vocación.
Realización del trabajo
Al mediodía del martes 7 de Abril del 2009, en una sala de juzgamiento montada en una base policial, Alberto Fujimori Fujimori fue sentenciado a 25 años de prisión por crímenes de lesa humanidad. Nunca antes un ex presidente latinoamericano electo democráticamente era juzgado y hallado culpable en su propio país por violaciones a los derechos humanos. El acontecimiento histórico fue retratado, grabado, fotografiado y narrado por cientos de periodistas peruanos y extranjeros pero ninguno reparó, siquiera un momento, en los dos humildes personajes que lo hicieron posible.
El reportaje “Los Olvidados” pretende rescatar de los márgenes de la historia oficial a Justo Arizapana y Guillermo Catacora, el reciclador de basura y el artesano que anónimamente y sin pedir nada a cambio dieron las pistas que permitieron el hallazgo de las fosas de estudiantes asesinados en 1992 por un comando de aniquilamiento del ejército. Aquel fue llamado “El Caso Cantuta” y se convirtió, catorce años después, en el argumento fundamental para lograr la extradición del ex gobernante y su posterior juicio como autor mediato de aquellas muertes. Arizapana y Catacora siguieron todo el proceso por televisión, entre la miseria y la clandestinidad.
¿Por qué nadie los recuerda? Ex presidiarios, revolucionarios comunistas, fugitivos de la justicia, uno acusado de asesinato, el otro un artesano que aprendió en La Habana, Pekín y Moscú a fabricar explosivos. Las vidas de novela de Justo Arizapana y Guillermo Catacora reflejan la conflictiva historia reciente del Perú, convergen la noche en que extrañas sombras entierran cajas en un alejado muladar y se proyectan a lo largo de dos décadas en una espiral de pavor e indiferencia. Ni siquiera el 2004, cuando el periodista Ricardo Uceda reveló la identidad de los testigos, se reconoció su rol decisivo en los cambios políticos y sociales del país. Ello no los hizo renunciar a los ideales que creían correctos.
Ésta es una crónica sobre el olvido en un país sin memoria. El texto se publicó en mayo del 2009, al mes siguiente de la condena a Fujimori. Entonces, como ahora, en las encuestas de opinión ya figuraba su hija Keiko como una de las candidatas con mayores posibilidades de ganar las elecciones generales del 2011. Parte de la campaña electoral corresponde a una cruzada por la libertad del ex gobernante.
El drama de los testigos se enriquece y contrasta permanentemente con las voces de aquellos personajes para los que su revelación, aún hoy, representa una fortuna o un destino fatal. Ahí está el periodista que irónicamente no supo cuándo quedarse callado, el político por quien ya nadie vota, la hermana del estudiante asesinado, el laureado director de la revista que hizo pública la denuncia.
Sólo hasta la elaboración de este reportaje los familiares de los universitarios asesinados pudieron conocer personalmente al principal responsable de que hallaran justicia. Finalmente, después de tantos años, lo vieron a los ojos, le estrecharon las manos y le dijeron gracias.