
Desde el principio de mi trayectoria asumí que el compromiso con la palabra era tan importante como la veracidad periodística, y tomé como bandera la frase de Italo Calvino sobre la literatura, pero la parafraseé para mis propios fines: “mi fe en el futuro de los periódicos consiste en saber que hay cosas que sólo el periodismo escrito, con sus medios específicos, puede dar”.
Con estudios profesionales de Lengua y Literaturas Hispánicas y un diplomado en Creación Literaria por la Sociedad General de Escritores de México, inicié mi carrera periodística en Reforma en 2004, a los 22 años de edad, en donde se me asignó la cobertura de las instituciones religiosas, una buena ironía de mi jefe, Roberto Zamarripa, pues yo era un ateo de tercera generación que hasta entonces me enteré de la existencia de Dios. Mi primer golpe periodístico fue la revelación de “limosnas” millonarias que una secta brasileña pedía en la Ciudad de México como “sacrificios” por la fe; el periódico le dio seguimiento e involucró a un grupo de reporteros durante más de 15 días.
Antes de cumplir un año en la fuente religiosa, fui promovido a la cobertura política. Se avecinaban las elecciones de 2006, en las que por primera vez la izquierda disputaba seriamente la presidencia de la República con el ex alcalde capitalino Andrés Manuel López Obrador que aventajaba en las encuestas. Antes de las elecciones, había cubierto partidos políticos y la Secretaría de Gobernación –encabezada entonces por un declarado militante católico, Carlos Abascal Carranza.
A pesar de atestiguar y contar todos estos hechos, entre otros, a mi periódico le interesó que continuara con mi formación, y me envió un mes a Cartagena, Colombia, al curso Cómo se escribe un periódico de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), en donde aprendí de Miguel Ángel Bastenier a dejar de “sobreescribir”, a presentar al lector la información de la manera más concisa y, sobre todo, a hacer un periodismo que aprovechara los recursos expresivos del español. Bastenier eligió una de mis crónicas, “Yo maté a Marlon Brando”, como modelo de reportaje de escenario y la incluyó en su libro Cómo se escribe un periódico (FCE-FNPI, 2009) con las palabras: “Estupendo reportaje de escenario, uno de los mejores jamás leído en clase”.
En 2007 y 2008 fui promovido la cobertura de asuntos especiales en la sección Nacional, primero, y luego en el suplemento político dominical Enfoque, en donde me especialicé en la elaboración de perfiles y reconstrucciones de largo aliento narrativo. De esa etapa es “Morir por Pemex, tragedia en la Sonda de Campeche”, la reconstrucción del naufragio en embarcaciones de Petróleos Mexicanos que le costó la vida a 22 personas.
Mi es la historia de dos enamoramientos: a los 13 años, con la literatura, y a los 22, con el periodismo, y mi vocación es poner al servicio de la información todos los recursos de la lengua escrita, retomar la convicción de que el periodismo es un género literario tan fecundo como cualquier otro, y que sólo se distingue de la ficción por el apego puntual a los hechos.
Realización del trabajo
Un par de meses atrás habían muerto 22 personas en un naufragio, 20 trabajadores de una plataforma petrolera, y dos tripulantes de un barco que había hecho lo imposible por salvarlos. No había resultados de ninguna investigación oficial. La tragedia de la Usumacinta –así se llamaba la plataforma móvil— había caído en el peor momento para Petróleos Mexicanos (Pemex) y el gobierno, que lanzaba su capital político a promover una reforma para abrir la industria petrolera a la inversión privada.
La primera propuesta que surgió en la junta de Enfoque –el suplemento dominical de Reforma especializado en reportaje político— fue hacer un trabajo sobre la indiferencia oficial hacia los familiares de las víctimas, que no habían recibido indemnizaciones. Luego la idea evolucionó: había que indagar las causas del accidente. Pero René Delgado, director editorial del diario, definió correctamente el rumbo: más que indagar las causas, había que contar la historia, reconstruir la tragedia a partir de sus sobrevivientes. Si había negligencias por desvelar, las encontraríamos ahí.
Me instalé en Ciudad del Carmen, Campeche, con la enorme suerte de que esa misma semana Pemex había convocado a varios trabajadores de la Usumacinta a esa ciudad para que rindieran testimonio a la consultoría estadounidense. Los obreros, que vivían en Chiapas, Tabasco, Veracruz o Tamaulipas y migraban cada catorcena a la Sonda de Campeche, aceptaron hablar conmigo a escondidas de la paraestatal, que cerraba toda información a la prensa.
Yo nunca había vivido fuera de la Ciudad de México, y mi contacto con el mar era de turista. Tenía que recrear algo que me resultaba ajeno, así que llevé conmigo dos libros clave: Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, y Naufragio, de Joseph Conrad. Hablé con más de 10 sobrevivientes, dos de ellos prodigiosos narradores orales que recordaban con precisión horarios, diálogos y pensamientos, además de autoridades, expertos y periodistas.
El resultado fue más de 120 mil teclazos de entrevistas y cientos de datos en libretas. Pero venía la decisión más importante: cómo contarlo. No me convencía la voz del periodista que va narrando los hechos desde su óptica, y la multiplicidad de testimonios tampoco permitía una primera persona. Así que opté por la posibilidad más clásica pero menos en boga hoy: el narrador omnisciente. Y múltiples guiños a García Márquez y Conrad. La crónica no sólo provocó la furia de Pemex, sino que estableció el récord del texto más largo publicado en Reforma en una sola entrega: 44 mil caracteres. Un año después una investigación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos le daría la razón moral: Pemex había violado por omisión el derecho a la vida y la integridad física de víctimas y sobrevivientes.