Un reto periodístico: la diversidad
18 de Julio de 2016

Un reto periodístico: la diversidad

Discurso pronunciado por el maestro Javier Darío Restrepo, director del Consultorio Ético de la FNPI, en el marco del Primer Encuentro de Periodismo para la Diversidad “Historias no contadas”, realizado en Medellín el 30 de junio de 2016.
Javier Darío Restrepo / Fotografía: Foto: Ana Cristina Vallejo/FNPI
Red Ética FNPI

Discurso pronunciado por el maestro Javier Darío Restrepo, director del Consultorio Ético de la FNPI, en el marco del Primer Encuentro de Periodismo para la Diversidad “Historias no contadas”, realizado en Medellín el 30 de junio de 2016.

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Les propongo una forma de acceso al tema de la diversidad y el periodismo a través de hechos como la masacre de 49 personas en aquella discoteca de Orlando. ¿Fue una agresión del Estado Islámico? El asesino era musulmán, la acción fue reivindicada por el EI, los musulmanes no toleran la homosexualidad por razones religiosas, por tanto ¿se trató de una acción política? ¿Fue acaso un crimen dictado por la intolerancia?

El otro hecho es menos violento: “En eso consiste la construcción de la paz (la aceptación de la diferencia) Colombia tiene que rehacerse como sociedad no violenta. Aquí nos agredimos porque el otro piensa distinto, porque el otro come distinto, porque el otro mira distinto. Es a gritos o a bala; y ninguno de los dos es respetuoso del ser humano. Entonces me parece que en la construcción de la paz en Colombia esto tiene que ser vital”. Estas afirmaciones las hacía la Ministra de Educación, Gina Parody, en una reciente entrevista sobre el tema de su relación homosexual con la exministra Cecilia Álvarez.

Los lectores de El Tiempo ese día, si leyeron el periódico a la hora del desayuno, sintieron que se solidarizaban con esa pareja, o que se les agriaba la leche por su rechazo visceral a esta expresión de la diversidad. El hecho es que esa entrevista planteó vivamente el tema de esta reflexión que, o se hace con adjetivos y emoción, y nada cambia, o se razona y se abren las puertas y ventanas de la voluntad, y habrá un avance del pensamiento.

Aún debo plantearles un tercer hecho que será el último de esta introducción. Imaginen la escena:

De un lado, con el gesto duro, acentuado por la frialdad de sus ojos azules y el gesto altivo de la mandíbula casi cuadrada, el uniformado; y delante de él, con su pobre uniforme de rayas, con la gorra en la mano, el prisionero que se grabó todos los detalles de ese momento:  cuando hubo terminado de escribir levantó los ojos y me miró: aquella mirada  no se cruzó entre dos hombres; si yo supiese explicar a fondo la naturaleza de aquella mirada intercambiada como a través de la pared de un acuario entre dos seres que viven en medios diferentes, habría explicado  también la esencia de la locura del tercer Reich.

Lo que pensábamos y decíamos de  los alemanes se percibió en aquel momento. El cerebro que controlaba aquellos ojos azules y aquellas manos cuidadas decía: esto que hay ante mí pertenece a un género que obviamente se debe suprimir. En este caso particular, conviene primero cerciorarse de que no contiene ningún elemento utilizable”. (Levi, 205)

Lo leído es tomado del relato de Primo Levi sobre su experiencia de Auschwitz, y allí se plantea claramente el problema: hay dos clases de humanos: los de su raza, los de sus creencias, los de la sociedad que ha adoptado, y esos merecen vivir; los otros: otra raza, otra lengua, otras costumbres, vivirán si nos son útiles. Primo Levi sobrevivió porque era químico y podía aportar al comando de química del campo de concentración. Es el mismo criterio que uno advierte en el asesino de Orlando y en los que convierten en asunto de exclusión social – esa forma de muerte incruenta- a los diferentes en opción sexual, a los de otra raza, opción política o situación económica. Este, amigos es el tema de nuestra reflexión.

Los tres episodios tienen un elemento común: el rechazo de la diversidad. Fue intolerable que fueran gays, o no musulmanes; que sean pareja dos mujeres que, además, son altas funcionarias del Estado; o que sean de otra raza, creencia, lengua o nacionalidad. Frente a lo diverso se da el rechazo, cuando cabrían la aceptación, la acogida y el enriquecimiento humano con el nuevo aporte de la diversidad. Esta es una riqueza a la que se renuncia por razones como estas.

1. Razones para rechazar la diversidad

1.1. Razones religiosas

Las razones religiosas, por ejemplo. El estupor por la masacre de Orlando llegó a su nivel más alto cuando un pastor proclamó que el asesino había dejado incompleta su tarea de asesinar gays e invocó textos bíblicos que legitimarían la eliminación de los gays. Juan Antonio Marina, un conocido filósofo español contemporáneo, llama de infecciosa complejidad la historia que aparece en los orígenes del apartheid surafricano. Colonizada por holandeses e ingleses, Suráfrica exhibe como marca de origen la que dejaron aquellos colonos calvinistas “convencidos de que eran elegidos de Dios y de que los pueblos paganos de color no tenían ningún derecho natural sobre la tierra que ellos cuidaban como propia”. (Marina 151)

Tuvieron menos poder los pastores de la Sociedad Misionera de Londres que presionaron al Gobierno y a la opinión para que reconocieran los derechos de los negros. No tuvieron éxito y en 1948 se declaró oficialmente el apartheid.

La  convicción religiosa, así como puede hacer mártires, crea verdugos convencidos de la posesión de la verdad y de hacer parte de un pueblo de elegidos, esos que en nuestros días proclaman como un mantra que los buenos somos más y los malos son los menos; un dicho que por tonto no es menos dañino puesto que trae como consecuencia  la aplicación práctica teñida de mandamiento ético, que dice: si un deber de los buenos es acabar con el mal, se impone el deber de conciencia de acabar con los malos.

Al dividir el mundo entre buenos y malos, desaparece la diversidad y emerge un universo de absolutos que contradice la realidad cotidiana que muestra y demuestra que nadie es bueno integral ni malo total porque todos llevamos  un principio de diversidad que nos hace una mezcla de bondad y maldad en distintas e innumerables proporciones.

En una carta desde Bosnia David Rieff concluía desolado: “para los serbios, los musulmanes no son humanos. Y esto permitía declarar que los asesinos y violadores serbios obraban bajo la convicción de que sus víctimas no eran seres humanos sino musulmanes”. El odio religioso parecía darles la capacidad para borrar lo humano de sus víctimas

En el sur de África hay grupos de la tribu Bantú, para quienes el blanco es infrahumano y los llaman los animales. Solo ellos, los bantú, en su carácter de pueblo elegido se podían considerar como humanos. La expresión nos lleva de nuevo a los principios de la historia bíblica en la que el judío se llama el pueblo elegido. Las categorías religiosas que eliminan lo diverso y volvieron más cruel y pobre la vida de los hombres.

1.2. La idea de la felicidad

También tiene que ver la actitud ante lo diverso y deferente con la idea de la felicidad.

La filosofía corriente que se alimenta de los estereotipos que difunden los medios de comunicación, especialmente de la visión que da la publicidad, llega a convencer a las grandes masas de que la felicidad es tenerlo todo. Así, la prosperidad equivale a felicidad y ser próspero es pertenecer a una clase elegida, por encima y distante del lumpen de los no elegidos.

En síntesis, la felicidad se tiene, opinión sobre la que reflexiona Aristóteles: “la felicidad parece necesitar de la prosperidad y por esta razón algunos identifican la felicidad con la buena suerte, otros la identifican con la virtud”. (E.N. I, 8)

Ese solitario que dispone de bienes y disfruta de la prosperidad, un ciudadano Kane, por ejemplo, no puede ser para el filósofo, un hombre feliz: “es absurdo hacer del hombre dichoso un solitario; nadie, poseyendo todas las cosas puede vivir solo, ya que el hombre es un ser social y dispuesto por la naturaleza a vivir con otros. La felicidad es una cierta actividad, y si el ser feliz es vivir y actuar, somos capaces de percibir a nuestros prójimos más que a nosotros mismos”.  (E.N.IX,9)

Esta percepción del otro es el punto de partida para el hallazgo de la diversidad; ya el solo hecho de reflexionar sobre el ensimismamiento y autosuficiencia del solitario y de entrar en el universo ajeno, libra al yo de su pequeñez y abre las vías anchas de la alteridad y hacia la diversidad.

Ese solo reconocimiento del otro implica un incipiente acercamiento a la diversidad. Esto, por cierto, nos da la certeza de que episodios como los mencionados al principio, tienen que ver con la incapacidad de los humanos para ver y descubrir ese continente inexplorado que es el otro, porque exige salir de sí mismo e ir al encuentro del otro por lo que él es, el diverso, no por el provecho que él representa para mí. La idea de la felicidad centrada y agotada en el sí mismo es, pues, otra explicación. Pero debo agregar otra razón para nuestra dificultad para aceptar la diversidad humana.

1.3. El dilema: el otro, ¿peligro o riqueza?

Deriva de lo anterior la mala solución al dilema: la diversidad, ¿peligro o riqueza? El diferente, ¿da seguridad o inseguridad?

Hay que aceptar que el que no es como uno, cuestiona mis seguridades. Lo que uno tenía como único y absoluto, se relativiza cuando el otro encuentra su seguridad en otras ideas, otros modos de obrar o de ver. El otro con su diversidad mide el peso y consistencia de mis seguridades de modo que se vuelve válida la pregunta sobre lo bueno o lo malo del diverso.

Para el siquiatra Eric Fromm no hay duda: “si no fuera por aquellos que en algún momento fueron capaces de pensar distinto a lo que piensa el rebaño, la humanidad estaría todavía en la edad de las cavernas”. El hombre, en efecto es un ser esencialmente dinámico, siempre en movimiento y en estado de duda. Cuenta el médico Héctor Abad Gómez en su Manual de Tolerancia, que una dignísima dama, preocupada por el tono liberal de la constitución de Estados Unidos, le preguntó a Benjamín Franklin, uno de sus redactores, y recibió esta respuesta: “quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no merecen ni la libertad, ni la seguridad”. (Abad 21) Son explicables la duda y la ansiedad ante los propósitos de cambio, pero no justifican la inmovilidad ni el rechazo defensivo de lo diverso. Todo cambio pone en juego comodidades y seguridades. Se explica, por tanto, la pregunta sobre la diversidad y el cambio: ¿son amenaza o riqueza? Porque amenazan la seguridad que da lo establecido y ya experimentado, o lanzan al riesgo de lo nuevo y desconocido. Pero esa momentánea seguridad contradice la más profunda naturaleza de los humanos que es la del cambio y la búsqueda constantes.

Por el contrario, esa sospechosa seguridad en lo establecido es la que explica esa tendencia general a lo uniforme. Un marciano se maravillaría ante la disciplinada uniformidad que imponen las modas: corte de pelo, colores de moda, vestidos, zapatos, adornos que siguen la misma línea y estilo impuestos por los amos de la moda. Ante tal tendencia se levanta el derecho a la diferencia o a la diversidad. El costo de ser diferentes lo han conocido los herejes, esos lúcidos visionarios que han anticipado las que serían las verdades del futuro y cuyo delito fue decir esas verdades antes de tiempo. Concluía Norberto Bobbio: “lo contrario a la igualdad, no es la diferencia, sino la desigualdad”. (Bobbio 143)

La diferencia, la diversidad creadora acaba por reconocerse como progreso, como paso adelante dentro del estancamiento y pobreza de lo uniforme. Agregaba Bobbio, como explicación al racismo: “por el solo hecho de ser diverso se le da el trato de inferior para justificar así la democracia”. (Bobbio 147). Tal la reacción defensiva de quienes niegan la dinámica y la bondad del cambio.

Ryszard Kapuscinski, el visionario periodista polaco, agregó a las anteriores consideraciones que “el otro a mí se me antoja diferente y diverso, pero igual de diferente y diverso me ve él” (Kapuscinski 20). Todos llevamos dentro nuestra diversidad como parte del tesoro de ser nosotros y no otros.

1.4. El prejuicio

También se rechaza la diversidad por prejuicio. Nuestro modo de pensar está lleno de opiniones, prejuiciosas que aparecen, como lo genético en gestos y costumbres, en expresiones aceptadas, aunque sin sustento, como las que registran Collo y Sessi: “el hombre es más racional, la mujer es intuitiva”. Pregunten ustedes por el fundamento científico o basado en la realidad cotidiana y tendrán que aceptar la naturaleza de pre-juicio de esa afirmación que, sin embargo impone actuaciones, decisiones en tareas de selección en las que se descartan las posibilidades de la mujer y deja desconocidos e inutilizados los valores de la mujer.

Examinados a la luz de estas afirmaciones, otros ejemplos de diversidades desconocidas o rechazadas, se concluye con los citados Collo y Sessi, que el prejuicio recorre, como primera etapa, esta de la opinión apresurada e interesada; en segundo lugar, discrimina y aleja a un grupo que clasifica como extraño, o ajeno al resto de la sociedad; y, en tercer lugar, el prejuicio ataca, como se ha visto en la historia de los judíos, víctimas del prejuicio nazi, o en el caso de los negros víctimas del prejuicio que creó el apartheid o el rechazo de los gays en nuestras sociedades de hoy. Siempre el prejuicio, esa atribución o negación de características, mantenida por el desconocimiento o por el odio.

Cita Bobbio a Pierre André Taguieff cuando define el prejuicio como “un juicio prematuro que induce a creer saber; sin saber y sin indicios se extraen conclusiones sin certeza, pero  afirmando e imponiéndolas como ciertas”. (Bobbio 142)

Los siquiatras Kurt y Katty Spillman en su descripción del síndrome del enemigo resaltan el papel destructor del prejuicio que hace ver como malo todo lo que procede del enemigo y rechazar como dañinas todas las propuestas y realizaciones del enemigo.

Hacen ver estos siquiatras que todo en este síndrome, como en el prejuiciado, se explica por la limitación del entendimiento, parecida a la ceguera, que logran el odio y la inconsciencia.

El prejuicio, pues, impide el acceso a las riquezas de la diversidad.

1.5. El fanatismo

Una forma extrema del prejuiciado es la del fanático, otro incapaz de ver y aceptar lo diverso y diferente. El mundo del fanático es monocolor y dominado por actitudes defensivas. Es defensivo su lenguaje que utiliza los recursos de la apologética y los sesgos de lo negativo, que le imponen y vedan la aceptación de lo positivo.

Uno no nace fanático, ni intolerante, asevera en su Manual de Tolerancia, el médico Abad Gómez, quien agrega: son los padres y los educadores, es el ambiente mental, lo que produce fanáticos e intolerantes.

Pero, advierto, una cosa es la consistencia de ideas y otra cosa el fanatismo. El fanático no admite explicaciones, no admite la posibilidad de estar equivocado. Es una de las causas de la guerra y de los atrasos de la ciencia. También interrumpe la corriente de   las relaciones entre las personas y finalmente es un factor corrosivo de la vida de la sociedad.

Donde aparece el fanático se multiplican las divisiones y las agresiones; por fortuna, advierte el médico Abad, el fanatismo no es incurable. A veces el fanático es un cándido que cree a pie juntillas lo que alguien le ha descrito como ideal único y excluyente, cuando se le enseña a dudar y opta por la humildad que le enseña que puede estar equivocado y que la verdad exige una búsqueda permanente, el fanático cede en sus furias. Agrega Abad con sonriente ironía: “el sentido común es el remedio práctico contra el fanatismo”. Parece intuir que algo tan elemental nos habría podido librar contra la plaga arrasadora de los fanáticos que han cruzado por la historia como una destructora y vergonzosa enfermedad, hasta el fanático de Orlando.

La pregunta, al término de este recorrido tiene que ver con el papel de los periodistas frente a la diversidad. ¿Somos parte del problema, o de la solución?

2. El papel de la prensa

Déjenme recordar un episodio histórico y emblemático que nos da indicios sobre ese papel.

Recuerda el filósofo Marina que en los periódicos del 11 de diciembre de 1948 pasó desapercibida la aprobación de la declaración de los Derechos del Hombre. Puesto que el hecho trascendental había ocurrido en París, hay que mirar la prensa francesa. Le Monde le dedicó una pequeña columna bajo el insípido titular: “La declaración de los derechos humanos ha sido adoptada”, Le Figaro informó en apenas cinco líneas;  Le Matin ignoró el hecho y L’humanité, del partido comunista francés, elogió al representante de la Unión Soviética que había salvado la tolerancia del dogmatismo de los Estados Unidos. No nombró la declaración.

No era una cuestión de principios que negaran la importancia de los Derechos Humanos que la impusieron. Creo que había más inconciencia e insensibilidad frente al asunto; algo parecido a lo que hoy ocurre cuando predomina en las primeras páginas el último gol por sobre otro tema. No se trata de una posición ideológica sino de la insensibilidad del negociante que solo piensa en su dinero como principio y fin de todas las cosas.

La diversidad es un tema que adquiere valor informativo cuando se la mira desde lo humano; más aún, revela todas sus posibilidades informativas vistas desde lo humano. Esa mirada es posible cuando se afina la sensibilidad, y como ustedes lo ven, aunque hoy se cuenta con todos los recursos técnicos de lo digital esto no basta. Hay que ir más allá. Aún la más sofisticada de las aplicaciones digitales resultaría pobre si no estuviera animada por la sensibilidad ética que suponen la apertura al otro y el espíritu de servicio.

Ni el periodismo exclusivamente técnico, ni el que se limita al registro notarial de los hechos cuentan con la capacidad para valorar las diferencias ni las diversidades.

Los consejos sobre la empatía necesaria para identificarse con las personas a las que llega la información del periodista son importantes, pero no suficientes porque no basta que hagamos nuestros los dolores, expectativas o alegrías de la gente; también tiene que hacerse nuestra la diversidad, dentro de un ejercicio de tolerancia activa que es aquella que, más allá del curioseo de las diferencias, las aprecia y valora como un don. El buen periodista descubre, valora y admira lo diverso bajo el presupuesto de que la diversidad pone de manifiesto las riquezas, no siempre conocidas ni difundidas de lo humano.

El ejercicio profesional del periodista le ofrece, casi a diario, la oportunidad de explorar y valorar esa diversidad, en el diálogo con sus fuentes, en el encuentro con los protagonistas principales y secundarios de los hechos, todos distintos, cada uno con su propia singularidad de ideas, sentimientos, cultura o lenguaje; la apuesta periodística es la de revelar esa singularidad, sin romperla ni mancharla.

Si a esa apuesta profesional se le agrega una valoración, que yo comparo con la de los catadores de café o de vino, que afinan todos sus sentidos para lograr en cada cata el perfil en el que constan, como valores propios, las características de su diversidad, para hacerlas conocer. En el ser humano hay una singularidad más compleja y unas características de mayor valor. El ejercicio periodístico guiado por ese respeto y entusiasmo por la diversidad, necesariamente produce piezas informativas de calidad. Es lo que explica la calidad de las mejores crónicas, de las impactantes entrevistas o de los reveladores perfiles, que le dan al lector la clave para entrar al deslumbrante paisaje de unos seres humanos irrepetibles y únicos, que es lo que deja al descubierto la diversidad.

Esta es la idea que palpita en la conclusión a que llegan tanto  Herbert Kelman como los doctores Spillman antes citados,  después de explorar los caminos más  anchos para llegar hasta las raíces del odio que alimenta las guerra. Ese odio comienza a debilitarse cuando los combatientes se miran a los ojos y se reconocen como personas con un rostro y un nombre, con singularidad y diversidades y no como seres sin rostro, globalizados bajo una sigla: paracos, farcos, elenos, en nuestro caso. Darles ese nombre y ese rostro, mostrarlos en su singularidad y diversidad es una fascinante tarea periodística que le da rostro y nombre a la guerra y a la paz.

Todo esto se complica cuando la relación con los otros está atravesada por las exigencias de una cultura. Afrontó ese problema Kapuscinski cuando invocó el ejemplo del antropólogo Bronislaw Malinowski en su investigación con los habitantes de las islas Trobriand: “para poder conocer hay que estar allí”, un valioso consejo para una generación que cree poder conocerlo todo desde su computador y con la ayuda de Google.

Un segundo consejo del antropólogo es que no existen culturas superiores e inferiores, solo hay culturas diferentes. Afirmación que, tenida en cuenta, elimina los odiosos sesgos racistas, étnicos o de género, religión o cultura en la información.

Complementa lo anterior la afirmación de que las personas de otra raza o cultura invariablemente encierran y rezuman dignidad, respeto por sus valores establecidos por su tradición y costumbres; observación que corrige la actitud de mirar lo que ellas contienen de distinto de nuestra cultura, para juzgarlas a partir de lo nuestro.

Finalmente, el mismo Kapuscinski comparte con sus lectores la que ha sido para él una calve de entrada al mundo de la diversidad del otro sin violentarla y con capacidad de valorarla: “mi experiencia de convivir con otros muy remotos durante largos años me ha enseñado que la buena disposición hacia otro ser humano es esa única base que hace vibrar en él la cuerda de la humanidad”. (Kapuscinski 27)

Si la cultura de Estados Unidos hubiera asimilado esa buena disposición, hoy vivirían las 49 víctimas de Orlando, la conciencia de ese país no estaría sometida al juicio severo que hoy afronta y, lo que es más sorprendente, estaría en vía de desaparición la institución de la guerra.

La guerra, en efecto, es el resultado de la presión de las creencias y sabidurías absolutas que hacen desaparecer el diálogo, las diferencias y la diversidad, e imponen la barbarie del pensamiento único y el mundo monocolor de los uniformes y lo uniforme.

En cambio, la aparición dela paz con su ámbito de libertad, propicia la aparición de voces múltiples, de pensamiento en efervescencia y en evolución constante, y de manifestación de las riquezas de la condición humana. Es la fiesta y el goce de las diferencias que hacen de lo humano una sorpresa inagotable.

 

Documentación

Hannah Arendt: La condición humana. Paidos, Barcelona, 2006.

Ryszard Kapuscinski : Encuentro con el otro. Anagrama, Barcelona 2007.

José Antonio Marina: La lucha por la dignidad: Anagrama, Barcelona, 2005

Primo Levi: Si esto es un hombre.

Norberto Bobbio: Iguales y diversos, en Diccionario de la Tolerancia. Norma. Bogotá, 2001

Aristóteles: Ética para Nicómaco.

Héctor Abad Gómez: Manual de Tolerancia: Universidad de Antioquia, Medellín, 1992.

 

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