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Foto: Pixabay.com - Compartida bajo licencia Creative Commons.

¿Cómo evitar el sensacionalismo en el periodismo al cubrir crímenes de lesa humanidad?

Consulta enviada por: Irene Correa. Periodista de Sin Cerco, en Rosario, Argentina

Cubro juicios orales y públicos por crímenes de lesa humanidad: ¿cuál es el límite entre contar el horror y su magnitud y los derechos de las víctimas?

Respuesta:

En este, como en el cubrimiento de cualquier tema periodístico, tiene una fuerza orientadora la pregunta: ¿para qué sirve esta información?

Si la respuesta es que se informa para satisfacer la curiosidad de los lectores, oyentes o televidentes, hay que echar mano de los titulares, relatos y fotografías, cualesquiera sean, con tal de que sean recibidos con avidez por usuarios curiosos. Esta es la explicación de la aparición en los medios de imágenes macabras o de relatos de sensación que responden a la curiosidad del momento.

La otra respuesta es que se informa para acercar a los receptores a la realidad de cada día, de modo que no solo vean y oigan, sino que lo entiendan, lo interpreten y lo ubiquen dentro de un proceso y lo utilicen para sus decisiones políticas o sociales. En este caso, las imágenes y datos macabros son prescindibles y se le da toda su importancia a la mirada inteligente y responsable. El periodista, en consecuencia, deja de servir al curioseo y al morbo de los usuarios y se concentra en el impacto social y duradero de la información.

El límite entre la información simplemente sensacionalista y la que sirve a la sociedad para que sea mejor, la traza la intencionalidad de servicio público del periodista. Una cosa es la información manejada como una mercancía, y otra cuando el periodista tiene en cuenta el impacto social y de construcción de una sociedad digna. En síntesis: al decidir el tema y el tratamiento de cada noticia, el periodista debe escoger entre ser un mercader o un líder de la sociedad.

Documentación

Los medios impresos imitan las fórmulas de la televisión: establecer un vínculo personal entre el que entrega la información y el espectador. Dan prioridad al valor de la imagen, de los gestos mediáticos, del impacto del discurso, más que al discurso mismo.

Los medios en general funcionan de acuerdo con el esquema televisivo para el que se necesita acción: “es esencial conseguir un film para llenar las noticias. Pero el film no ofrece necesariamente lo que sucedió ese día sino lo que sucedió frente a una cámara.

En ese entramado, el exceso de personalización y personificación de las informaciones ha dejado una impronta cuyas consecuencias se hacen notar.

Así, pues, con independencia de la vieja definición de noticia, el contenido informativo de los medios se ha expandido para dar más cobertura a la variada gama de las preocupaciones humanas. Pero la brújula no apunta en una sola dirección.

No solo ha habido un movimiento hacia nuevos temas, sino que ha experimentado un cambio paralelo hacia los nuevos estilos de escribir la noticia. Uno de ellos es el estilo informativo-humanista, el tratamiento de situaciones complejas enfocadas desde el plano individual, el rostro humano. Los doctores de las noticias determinan que el interés humano de la noticia, el ser humano, resulta ser la fórmula más eficaz.

Bagdikian lo dejó muy claro: "la prensa está dejando de ser esencialmente informativa para ser entretenimiento. Lo cual significa que se nos está negando el conocimiento que desesperadamente necesitamos".

Las nobles metas de la exactitud, objetividad, comprensión, coherencia, claridad e independencia en la información se han ido quedando en el camino y el balance periodístico se inclina hacia el relato emocional, personalizado y no hacia la documentación de las circunstancias objetivas. En lugar de análisis y explicaciones claras se enfatizan el drama y la acción.

A menudo es difícil distinguir entre información y entretenimiento. El péndulo se inclina más hacia el entretenimiento que hacia la buena información. Y esto es importante porque el entretenimiento lleva al espectador a un estado pasivo, acrítico.

Marta Pilar Diezhandino en Periodismo de Servicio; Bosch Barcelona, 1994. P. 28, 29, 30.

Respondido por: Javier Darío Restrepo

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