#TerremotoMx: el reality show

El espectáculo en torno a la construcción del caso “Frida Sofía” es la señal más evidente de la pobreza deontológica de la televisión.
Fotografía: aitoff en Pixabay | Usada bajo licencia Creative Commons
Gerardo Albarrán de Alba*

La capacidad de los medios para reaccionar con pertinencia, utilidad y vocación de servicio con una sociedad que les necesita, fue puesta a prueba durante las primeras 48 horas luego del terremoto de magnitud 7.1 que sacudió la Ciudad de México y decenas de poblaciones de los estados de Morelos, Puebla, Guerrero y Oaxaca, este 19 de septiembre. Radio y televisión privados, junto con buena parte de la prensa escrita, reprobaron.

A pesar de una mayor conciencia sobre lo que significa un terremoto, que la que se tenía hace 32 años, en 1985, cuando la capital del país vivió su peor tragedia en la era moderna, hoy medios y periodistas no contaron con criterios específicos para la cobertura ética del desastre. Por el contrario, la desmesura, la espectacularización y la propaganda marcaron la actuación de la prensa, en general. Destaca el papel de Televisa, el gran consorcio mediático mexicano que volcó toda su capacidad de producción y recursos humanos a una cobertura casi total para crear el mito informativo de una niña que estaría sepultada bajo los escombros de la escuela Enrique Rébsamen, en el sur de la Ciudad de México.

Televisa –al igual que otras televisoras– propagó versiones que la ubicaban con vida, que aseguraban haber hablado con ella y que les había dicho llamarse Frida Sofía, tener 12 años de edad y ser alumna de tercero de secundaria. Equipo de alta tecnología habría registrado su espectro térmico y, cerca de ella, de otros dos cuerpos con vida. La reportera de Televisa informó que hubo quien le vio mover los dedos de una mano. Fueron casi 24 horas de transmisión continua, hasta que las contradicciones de la fuente oficial a la que Televisa y su reportera tuvieron acceso privilegiado hicieron evidente la inexistencia de una historia que había crecido hasta convertirse en el centro de atención nacional e internacional.

Fue la Secretaría de Marina la que primero avaló la historia, para beneplácito de Televisa, y fue la misma Secretaría de Marina, la que después la desmintió, para espanto de Televisa, que fustigó al subsecretario y al oficial mayor de la Armada de México que se contradijeron entre sí y que tuvieron que salir a disculparse públicamente.

Mientras tanto, Televisa montó una operación de control de daños, explicando que su reportera sólo había dado información proveniente de los altos mandos de la Secretaría de Marina. Si la historia de Frida Sofía era inventada, la inventaron las autoridades, no Televisa, dijeron al aire dos de los conductores estelares de la televisora.

De hecho, en mayor o menos medida, todas las televisoras cayeron en el mismo reality show, que recogió la prensa escrita. Pero Televisa no fue ajena al montaje comunicacional. Ellos hiceron una puntual cobertura a unos metros de la zona de rescate, a diferencia del resto de los medios que eran mantenidos a raya. Televisa estaba dentro del cinturón de seguridad de las fuerzas armadas, e incluso con su reportera portando un chaleco oficial de la propia Secretaría de Marina. Uno de sus productores apareció en un tuit vistiendo un chaleco de la Policía Federal.

El caso de la TV

Los críticos de la televisora fundada por un empresario priista, asociado con el presidente en turno, a mediados del siglo pasado, aprovecharon para recordar los vicios de una televisora con una innegable historia de abusos y manipulación, que construyó un espectáculo informativo en torno al caso de una niña inexistente, un clásico ejemplo de telerrealidad, pero con todos los elementos de una telenovela que domina como pocos en el mundo: drama, personaje vulnerable e incertidumbre.

Pero México no está viviendo una telenovela, sino un desastre que exige rigurosos protocolos informativos que privilegien la ética profesional y la responsabilidad social de los medios.

Se entiende la situación extraordinaria en la que estamos trabajando todos: rescatistas, autoridades y medios. Es comprensible que los primeros actúen de inmediato ante el menor indicio de sobrevivientes; para eso están. Pero debe caber la prudencia entre las diversas instancias gubernamentales; particularmente les es exigible la mesura declarativa. Y los medios no tienen excusa para no desarrollar y aplicar protocolos de coberturas de desastres, particularmente en transmisiones radiofónicas y televisivas en vivo.

A diferencia de la prensa escrita, los noticieros de radio y televisión sólo pueden corregirse sobre la marcha, después que el error, el exceso, la distorsión y hasta la manipulación y la mala fe ya ha sido transmitida. Es decir, después de que el eventual daño ya ha sido hecho.

Televisa justificó su cobertura por lo que llamó la “necesidad de esperanza”, pero el efecto fue el contrario: representó un engaño, una burla que sólo abona a la desconfianza que se tiene en los medios, en general, y en Televisa, en particular.

Ante la ausencia de estos protocolos informativos, Televisa ha tratado de sepultar la espectacularización de su cobertura bajo los escombros de la credibilidad de la Secretaría de la Marina, fuente oficial a la que puede atribuirse la “confirmación” de la existencia de la niña que llamaron “Frida Sofía”. La autocrítica de la televisora responsabiliza a su propia audiencia, “anhelante de esperanza y necesitada de catarsis”, y a la Secretaría de Marina. “Es indignante”, dijeron, y exigieron explicaciones a las fuentes oficiales con las que trabajaron acríticamente.

Sobre sí mismos, en Televisa han dicho que  lo ocurrido “es anecdótico; hay que darle vuelta a la página”.

No, no es anecdótico. Es sintomático. Revela los resortes que convirten la información en mercancía y la emergencia en rating. La misión de servicio de los medios trocada en vehículo de propaganda y de manipulación emocional.

Frida Sofía

El espectáculo en torno a la construcción del caso “Frida Sofía” es la señal más evidente de la pobreza deontológica de la televisión, pero hubo muchos más ejemplos, como la reportera que, al aire, jaloneó a un militar que escoltaba a un anciano rescatado, exigiéndole acceso. “¡Déjame entrevistarlo!”, repitió hasta tres veces, antes de resignarse a perder la exclusiva. O la conductora estelar de un importante noticiero radiofónico de la propia Televisa, en sociedad con el grupo español Prisa, que aprovecha una entrevista telefónica con el padre de una niña sobreviviente de la Escuela Enrique Rébsamen, a quien hace poner en la línea a su hija para entrevistarla al aire, en vivo, y someterla a una batería de lugares comunes y muletillas tan características de la locución, llevándola al borde de un ataque de nervios.

A ningún periodista puede reprochársele que intente acceder al testimonio de los actores de la noticia. Así se registran las historias y se contrastan los datos obtenidos. Pero a todos los periodistas se nos debe exigir respeto, sensibilidad y empatía ante las víctimas, sobre todo si se trata de menores de edad. Son personas que no están entrenadas para enfrentarse a las cámaras y micrófonos de una prensa que no busca la verdad, sino la noticia.

Hace décadas que la televisión dejó de ser un medio masivo de información para convertirse en un sistema global de entretenimiento. Más reciente es la degradación de alguna radio que intenta seguir los pasos de la espectacularidad de la imagen. Eso son los medios, pero los medios no son el periodismo. Más allá de una industria, los periodistas que trabajamos en ella tenemos un deber deontológico que no debe someterse a la tiranía del rating.

Como muchos reporteros y editores cuya ética resalta su profesionalismo, yo también “prefiero perder una nota a ganar un rumor”, como dijo un colega en sus redes sociales a manera de autocrítica gremial.

En una emergencia como la que vive México, la prensa –toda–  no puede renunciar a su responsabilidad social. El desastre no le ocurre a una ciudad, a edificios o casas, le está pasando a las personas. Olvidarlo nos lleva a equivocarnos, y un error en estas circunstancias puede costar vidas. El criterio ético de los periodistas debe orientarse hacia la imagen y la integridad del otro. La información es la línea de vida de una sociedad en crisis.

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* Gerardo Albarrán de Alba es periodista desde hace 39 años y tiene estudios completos de Doctorado en Derecho de la Información. Es Defensor de la Audiencia de Radio Educación. Ha sido el creador de la única  Defensoría de la Audiencia de una radio comercial que ha existido en México y fue el primer Ombudsman MVS. Es miembro del consejo directivo de la Organización Interamericana de Defensoras y Defensores de la Audiencia (OID) y lo fue del consejo directivo de la Organization of News Ombudsman (ONO). Integra la Asociación Mexicana de Defensorías de las Audiencias (AMDA). Dirige SaladePrensa.org

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