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Institución

Historia

Por Jaime Abello Banfi

Esta historia comienza en los primeros días de diciembre de 1993. Me encontraba en mi oficina del canal de televisión pública Telecaribe en Barranquilla, Colombia, que dirigía entonces, cuando recibí una llamada. “Ajá, Jaime, soy Gabo. Voy a Barranquilla. ¿Me invitas a comer?” fue la pregunta que me disparó el más famoso de los colombianos. “Claro que sí, Gabito, ¿pero cuándo?”, le contesté perplejo, llamándolo por el apodo que usan sus familiares y amigos del Caribe colombiano. Pactamos la cita, sin imaginar que así empezaba una nueva etapa en mi vida.

El 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes en el calendario católico, nos reunimos a cenar él, su esposa Mercedes, el periodista Ernesto McCausland y un pequeño grupo de amigos de Barranquilla, en un sitio de buena gastronomía, con un nombre apropiado para invitar a un ganador del premio Nobel de Literatura: Club ABC, sigla que corresponde a las palabras arte, belleza y cultura.

Yo había estado con García Márquez varias veces de manera casual, pero solo hasta esa noche inolvidable empecé realmente a conocerlo y a dejarme seducir por sus ideas y su imbatible simpatía. Poco a poco fue soltándonos, en una prolongada y fascinante tertulia, muchas de las preocupaciones e ilusiones que lo obsesionaban y en las que luego profundizaría, durante una serie de reuniones que sostuvimos a lo largo de 1994, todas las cuales resultaron productivas y sabrosas porque eran informales y conversadas como un buen taller. Hablamos de la ética periodística y de los peligros de hacer depender el éxito de los medios de la “chiva” o primicia; del papel fundamental del editor; de lo bueno y lo malo de la tecnología, en fin, de muchos temas que un par de años después él compendió en su lúcido discurso “El mejor oficio del mundo”.

Entre uno y otro whisky de la primera de muchas cenas, Gabo contó anécdotas de sus comienzos como reportero, cuarenta y cinco años antes, en el diario El Universal de Cartagena, donde su primer editor, Clemente Manuel Zabala, corregía sus textos periodísticos de principiante con un lápiz rojo, y recordó las parrandas y las lecturas compartidas con sus compañeros literarios de Barranquilla cuando era periodista de El Heraldo. Criticó la pesadez teórica de las escuelas de comunicación y su temor hacia los entrevistadores que confían más en el loro mecánico de la grabadora que en su propia memoria. Proclamó su convicción de que el reportaje es un genero literario (“el cuento completo de los hechos que son noticia”) y que eran necesarios unos talleres prácticos en los que veteranos del periodismo discutieran y trabajaran con jóvenes reporteros sobre la carpintería del oficio. “¿Y qué se podría hacer?”, le pregunté desprevenido en la madrugada, cuando lo dejaba en su hotel. “Piensa en eso”, fue lo que me dijo, con la fuerza de un mandato.

Dos meses después lo volví a ver en la inauguración del Festival de Cine de Cartagena. “Ajá, y qué has pensado?”, me preguntó de sopetón, sin saludarme, como el profesor que exige una tarea a su alumno. “Me he reunido con colegas y tengo algunas ideas estructuradas”, le respondí. “Te espero pasado mañana en mi apartamento”. Al día siguiente regresé temprano a Barranquilla para alistar un documento que le entregué después de uno de sus habituales partidos de tenis, y que aprobó de inmediato. Eran sólo dos hojas, con la descripción escueta, inspirada en su visión y en consultas con periodistas, de lo que unos meses más tarde, después de las primeras reuniones de estudio y planeación, crearíamos oficialmente con el nombre de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano - fnpi, en compañía de su hermano Jaime García Márquez y del economista Alberto Abello Vives, integrantes de la primera junta directiva.

En riquísimas jornadas celebradas en Cartagena en distintos meses de 1994 nos dedicamos a visualizar la Fundación, planear los detalles de su accionar y tejer la red de apoyos, o de complicidades, como Gabo prefiere decir. Un encuentro crucial fue el taller preparatorio que hicimos con un grupo de periodistas que él encabezó junto a su querido amigo Tomás Eloy Martínez, veterano narrador y fundador de periódicos, que se convertiría en uno de nuestros maestros y orientadores más importantes. Entre otros protagonistas de esas discusiones pudimos contar con los buenos aportes de José Salgar, Eligio García Márquez, Juan Gossaín, Ernesto McCausland, Daisy Cañón, Raimundo Alvarado, Ana Lucía Duque, Germán Mendoza y Mirtha Buelvas.

Con el tiempo he podido armar un mapa de las hipótesis que explican el fervor de visionario con que Gabriel García Márquez se dedicó a la organización y puesta en marcha de nuestro proyecto. En primer lugar, hay que señalar la combinación de su pasión con su disponibilidad y su expectativa de incidir: “… soy uno de los pocos escritores, y no solo de los latinoamericanos, que vive sólo de la venta de sus libros, aunque la mayor parte es pirata […] como tuve esa extraña suerte de poder vivir de los libros, me entró la nostalgia, y decidí crear los talleres de periodismo.”

El uso del término nostalgia se debe interpretar como la posibilidad que vislumbró de ampliar y profundizar sus intereses periodísticos para liderar un proceso de cambio, más que en el sentido de regreso al oficio, puesto que nunca, como lo demuestra este libro, García Márquez se ha apartado de esa faceta esencial de su quehacer literario. Practicó todas las variantes del periodismo en distintas etapas de su vida, a la vez que desarrollaba con gran constancia su obra narrativa de ficción y probaba suerte con la escritura de guiones para el cine.

En resumen, como se observa en el perfil preparado por su biógrafo Gerald Martin que abre este libro, y en la cronología que lo cierra, en su primera etapa de aprendiz de escritor Gabo fue columnista, cronista y redactor de editoriales en los diarios El Universal y El Heraldo, así como jefe de redacción de efímeros emprendimientos periodísticos con sus amigos de Cartagena y Barranquilla; en el ciclo siguiente, en El Espectador, se lució como reportero estrella, crítico de cine, enviado especial y corresponsal internacional; vino luego la etapa del periodista profesional y experimentado, que progresivamente manifiesta sus convicciones políticas de izquierda, cuando regresó a América a trabajar, de la mano de su amigo Plinio Apuleyo Mendoza como reconocido articulista y editor en revistas venezolanas, y después en la recién creada agencia de noticias Prensa Latina en Bogotá y Nueva York. La época siguiente implicaría su alejamiento temporal del periodismo y el auge de su creación literaria, aunque alcanzó a ganarse unos pesos en México como editor sin firma, por voluntad propia, en revistas femeninas, además de otros trabajos en publicidad y cine. En Barcelona, después del rotundo éxito de Cien años de soledad, compiló algunos de sus reportajes para publicarlos en forma de libros.

El retorno de Gabo al periodismo se produjo con potencia y en clave de compromiso político radical en 1974, a través de la revista Alternativa y de sus reportajes internacionales. La publicación en 1981 del magnífico híbrido que es la Crónica de una muerte anunciada marca la transición a una fase de periodismo de madurez, que en el plano político se moderaría —a pesar de su ininterrumpido apoyo a la revolución cubana— para decantarse hacia los ideales de una América Latina unida, en paz, con democracia, inclusión social y respeto a los derechos humanos. Son los años en que Gabriel García Márquez se convierte en una firma periodística global, gracias a la columna que publicaba todas las semanas en periódicos de todo el orbe.

El hecho es que a principios de 1995, cuando nos aprestábamos a iniciar las actividades de la FNPI, Gabo era también un exitoso empresario de medios, en virtud de su participación en la sociedad propietaria del telenoticiero colombiano qap. Al mismo tiempo estaba concentrado en escribir Noticia de un secuestro, su primer libro estrictamente periodístico, a manera de novela de no ficción, y se daba el lujo de anunciar que por primera vez en su vida incursionaría en el género de la entrevista con motivo de la visita del exministro de cultura francés Jack Lang, a quien trajo al festival de cine de Cartagena. En la misma línea, tres años después asumiría otra vez los roles de emprendedor periodístico y reportero cuando invirtió, en asocio de un grupo de colegas, en la compra de la revista Cambio, para dedicarla principalmente a la publicación de reportajes.

Lo novedoso para Gabo de su iniciativa de la FNPI consistía en promover, desde una institución imparcial e independiente, un proyecto educativo internacional enfocado a la reflexión, los debates y la experimentación de laboratorio sobre el oficio que tanto quería.

Sus preocupaciones eran no solo las de un amante y profesional del periodismo, comprometido con su rescate y avance, sino también las de un ciudadano alarmado que veía en el deterioro de la calidad informativa una amenaza para la democracia. El reportero español Carlos Arroyo, que participó como alumno en uno de sus talleres en diciembre de 1995, sobre periodismo judicial, recogió oportunamente unas palabras de Gabo que reflejan esa posición, cuando dijo que “averiguar la verdad en este caos de mentiras y fantasías en el que vivimos” debería ser la función de los medios de comunicación y el objetivo de los periodistas, y que uno de los grandes males de la prensa actual, a su juicio, era que la inmensa mayoría de las noticias quedan incompletas para siempre y acaban sepultadas por otras a los dos días.

“No sabemos qué pasó con esto ni qué ha sido de aquello. Podría hacerse el periódico del año siguiente con la conclusión de las noticias del año anterior”.

En esa ocasión García Márquez alertó sobre ciertos riesgos para los periodistas: “Todo periodismo es investigativo por definición. De los ámbitos oficiales solo se puede obtener algo a partir de las contradicciones. Hay que dudar de todo, desconfiar mucho de las fuentes, y mucho más de una sola fuente. Lo peor del oficio es que somos instrumentos de las fuentes” (El País de Madrid, 26 de diciembre de 1995).

Pero sin duda, uno de los móviles centrales de García Márquez era la posibilidad de armar el laboratorio de ensayo del modelo educativo de talleres prácticos basado en las vocaciones, que había sustentado en sus escritos Manual para ser niño y Por un país al alcance de los niños, su contribución al reporte de la Misión de sabios, la comisión formada en 1993 por el gobierno del presidente César Gaviria para reflexionar y formular recomendaciones sobre los temas de educación, ciencia y desarrollo.

¿Qué es lo que distingue a la Fundación de Gabriel García Márquez, cuando existen más de mil facultades de comunicación y periodismo en América Latina? Precisamente su orientación al trabajo práctico, al intercambio de experiencias y el debate profesional, dentro de un ambiente de camaradería, sin requisitos académicos ni pretensiones teóricas.

No es una universidad o institución de educación formal, sino un centro de intercambios presenciales y virtuales de colegas de todos los países iberoamericanos. La Fundación no entrega diplomas o certificados a quienes participan en sus talleres. “La vida se encargará de decir quién sirve y quién no sirve” fue el argumento de García Márquez cuando propuso esta inusual medida, inspirada también en la idea de que el verdadero motor de la participación debía ser la vocación. Las premisas que orientan la misión pedagógica de la Fundación fueron planteadas por él mismo con simplicidad aritmética: “Un factor esencial en la defensa de la integridad de un periodista, de su independencia y hasta de su vida, es una buena formación profesional; el mejor método para la formación es el de talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas y en su marco original de servicio público; en periodismo, la ética es inseparable de la técnica, como el zumbido del moscardón”. En una reunión de la junta directiva de la FNPI manifestó: “De lo que se trata es de crear periodistas, pero no sentados en una banca ante un señor que les explique, sino inspirándolos y promoviéndolos para que hagan mejor su trabajo y así un día lo sabrán, casi sin darse cuenta, porque el periodismo no se enseña en capítulo uno, capítulo dos, capítulo tres…”.

El 7 de septiembre de 1995, Rosa Mora registró en El País de Madrid una elocuente declaración de Gabo en el taller que dictó en Miraflores de la Sierra, España, por convocatoria conjunta de la FNPI y la Escuela de Periodismo El País-UAM: “Yo no tengo nada que enseñar, pero tomé conciencia de que no quería llevarme conmigo la experiencia de casi toda una vida. Pensé que la única manera de contarla era al estilo de los antiguos maestros del Renacimiento, de persona a persona. Pero como esto era una exageración, decidí reunirlos de diez en diez”. Con esa visión habían surgido también sus talleres de narración en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, y la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

En lo que sí puede haber influido el factor de la nostalgia sobre Gabo es en la decisión de regresar a su región de origen, el Caribe de Colombia, donde vivió su infancia y juventud, para sembrar ahí la parte de su legado concebida para apoyar y estimular a las nuevas generaciones de periodistas de América Latina. Considero significativo que en la misma época de gestación de la FNPI estuviera empeñado en un antiguo proyecto personal, la construcción de una casa a su gusto y medida en Cartagena de Indias, encomendada al arquitecto Rogelio Salmona, y que poco tiempo después adquiriera en Barranquilla un apartamento en un edificio hecho por su amiga, la arquitecta Katya González, en el tradicional barrio El Prado.

Y es que el Caribe colombiano ha sido el territorio fundamental en la vida real y en la ficción de Gabriel García Márquez. Desde sus primeras columnas publicadas a partir de mayo de 1948 en El Universal de Cartagena, hasta su última novela Memoria de mis putas tristes, cuya historia transcurre en Barranquilla, pero sin nombrarla, su creatividad ha sabido aprovechar como fuente y materia prima de su universo literario los recuerdos y los cuentos de su entorno familiar, así como los personajes, las leyendas, las imágenes, la música, el clima y la naturaleza tropical de esta región de Colombia. Con enorme sensibilidad supo absorber las influencias de la cultura popular triétnica y vitalista de las distintas vertientes de esta gran región, con la que se han relacionado su familia y su propia historia personal: el Magdalena Grande por vía de la Aracataca de su infancia en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, el linaje guajiro de su madre y los recorridos por la provincia vallenata; la Barranquilla moderna de sus estudios escolares y sus andanzas de periodista joven; el modo de vida sabanero y las tradiciones de arrochelados y cimarrones por el lado bolivarense de su padre con sus estancias en las tierras inundables de la Mojana, Sucre; finalmente la magia porteña, aliñada con herencia africana y colonial, de la Cartagena en la que sus familiares terminaron afincándose y que él escogió como domicilio para sí mismo y para la fundación internacional que inventó para trabajar desde Colombia en la formación y avance profesional de los periodistas de América Latina.

Simbólicamente, el primer taller de la FNPI se celebró en Cartagena en abril de 1995, con diez reporteros menores de treinta años, en la sede del diario El Universal, bajo la dirección de la gran cronista mexicana, Alma Guillermoprieto, quien contó en varias sesiones con la compañía de un Gabo rebosante de curiosidad.

En mayo dirigió en la sede del periódico El Heraldo de Barranquilla el primero de la serie de talleres internacionales que durante cinco años dictó personalmente en las dos ciudades del Caribe colombiano y en México, su segunda patria, hasta que los suspendió en 2000, por cuenta de un prolongado tratamiento médico.

En las casi dos décadas que han transcurrido desde la cena del día de los Inocentes ha sido para mí un privilegio ser alumno, colaborador y amigo de Gabriel García Márquez, quien navega por la vida con el talante de un Caribe ejemplar: una actitud muy democrática de bonhomía e igualitarismo en las relaciones interpersonales, de buen humor y desparpajo ante los problemas de la vida y al mismo tiempo de cierta timidez, protegido por las maneras de la buena educación y una actitud de celosa defensa de su intimidad; un sano escepticismo ante los convencionalismos y protocolos, así como una disciplina y laboriosidad que no corresponden a los tópicos prejuiciosos sobre la supuesta pereza de los que venimos de los trópicos. Es una persona de enorme pragmatismo, que repite con frecuencia las palabras cargadas de sentido común de su madre Luisa: “Lo mejor es lo que pasa”. Precavido hasta el punto de la clarividencia y ayudado por el poder de su imaginación, va directo al grano en el análisis de los asuntos y le saca el cuerpo a los burocratismos. No es dado a dictar conferencias, escribir ensayos, recibir homenajes o ir a funerales, así sean los de sus mejores amigos. Su estilo de ejercer la presidencia de la FNPI ha sido, más bien, el de hacer preguntas y dar su orientación y consejo en un ambiente de tertulia o en largas y deliciosas elucubraciones telefónicas, ayudar con contactos claves y entregar plena confianza al responsable ejecutivo.

Gabo siempre ha querido que mantengamos una organización sencilla, ágil, sostenible. En una junta directiva celebrada en México en abril de 2003 insistía: “La Fundación es como una casa que puede crecer infinitamente en preocupaciones pero no en muebles. No nos compliquemos. Hagámosla a escala humana…Tal como está, el propósito está cumplido y aprendimos a ser Fundación. Hay que mantenerla en ese camino y sacarle más provecho. No es crear otra escuela, sino ponerle otro piso a los talleres, diciéndolo en términos docentes”.

En marzo de 2007 reunimos a la junta directiva para hacer un taller de planeación de largo plazo con la participación de varios de nuestros maestros de periodismo. Gabo presidía la sesión y se sometía, disciplinadamente, a los rigores de la reunión formal de junta directiva. Ya avanzada la reunión, seguíamos enfrascados en un debate sobre políticas del programa de formación de periodistas. Él había dicho que en su opinión era mejor analizar y decidir caso por caso y que la Fundación podía trabajar así, independientemente de que existieran o no políticas generales. Sin embargo, los expertos de la Universidad de los Andes que nos asesoraban, no estaban conformes con esa posición y presentaban puntos que a su juicio requerían de clarificación estratégica. Ante la insistencia, el Gabo fundador y presidente de la FNPI emitió un dictamen inolvidable, que sintetiza su filosofía de gestión: “Muy sencillo”, contestó, “lo que se puede se puede, y lo que no se puede no se puede”. En contraste con esa aparente ambigüedad, desde el primer día había dejado en claro que aspiraba a que los talleres, “lo que más me gusta hacer en la vida”, fueran no solo prácticos y útiles, sino “divertidos, que no sean aburridos, que sean como lo que es la vida”.

Atendiendo las directrices de nuestro jefe, hemos organizado muchos talleres con la vitalidad irremplazable de los casos reales, como el que él mismo dirigió con reporteros y editores de temas judiciales en 1995 para investigar y aclarar las múltiples y confusas versiones sobre el asesinato en Cartagena del joven viajero italiano Giacomo Turra. En la FNPI asumimos la planeación y organización de cada taller y seminario como un espacio propicio para celebrar los ideales y logros de nuestro periodismo, para el mejor conocimiento mutuo de historias y personas que hablan en español y portugués, para forjar valiosos lazos de amistad, integración y futura colaboración entre colegas de los países iberoamericanos.

Combinando el rigor con el espíritu de “cheveridad”, los dos valores infundidos por Gabo, la Fundación ha organizado desde marzo de 1995 hasta octubre de 2012 un total de 354 talleres y seminarios con 8.835 periodistas —en su mayoría jóvenes, seleccionados mediante convocatorias públicas internacionales—, no solo en Cartagena sino en muchas ciudades de América Latina y España.

Varias decenas de miles han participado en casi un centenar de actividades en línea, consultan frecuentemente el consultorio ético o han concursado en diez ediciones del Premio Nuevo Periodismo, todo lo cual nos ha consolidado como uno de los centros de formación y desarrollo profesional de periodistas más activos del mundo. El más reciente de los seminarios fue el Encuentro Nuevos Cronistas de Indias 2, celebrado en octubre de 2012 en Ciudad de México, convocado en alianza con Conaculta, que congregó un selecto grupo de cien maestros, editores y jóvenes autores de periodismo narrativo de América Latina y España y terminó con un coloquio sobre Gabo cronista. Casi todos ellos habían pasado antes por esa cocina de sueños e inventiva periodísticas que son los talleres de la FNPI. Las magníficas revistas impresas y digitales que han creado, la perseverancia con que continúan apostando por los medios para realizar su vocación, los libros que han escrito, las crónicas y reportajes que publican constantemente, pueden ser leídos, de manera legítima, como una forma de materialización de nuestros objetivos.

Muchas cosas han cambiado en el periodismo desde que iniciamos nuestra andadura en 1994. El propio Gabo ha impulsado la adaptación a esos cambios. En una reunión de la junta directiva celebrada en México en 2003 recalcó sin ambages: “La ética en el periodismo de internet debería ser uno de los tesoros de la Fundación. Pensemos en cien años. Los periódicos van a desaparecer”. Por ello, desde su sede en el centro histórico de Cartagena, en la misma calle de San Juan de Dios donde Gabriel García Márquez comenzó su carrera periodística en 1948, la Fundación desarrolla actualmente cuatro líneas de actuación para cumplir la misión que él trazó, las cuales reflejan una evolución que busca asegurar la pertinencia e impacto de sus programas, en un contexto de cambios del periodismo:

  • Narración periodística: formar en reportería, relato y edición de historias con valor periodístico, estimular el periodismo narrativo e impulsar nuevas generaciones de autores periodísticos.
  • Ética periodística y sostenibilidad de los medios: ayudar con consultas, debates, guías de actuación y estándares a orientar una práctica profesional honrada y eficaz, dentro de las cambiantes condiciones de los medios y el periodismo contemporáneo.
  • Investigación, cobertura y opinión sobre temas claves para América Latina: mejorar las capacidades de periodistas y medios interesados en procesos informativos de calidad, que contribuyan a la comprensión y debate público, sobre temas claves para el fortalecimiento de los sistemas democráticos, la garantía de los derechos humanos, el desarrollo sustentable, inclusivo y competitivo de nuestros países, así como su integración cultural, económica y política.
  • Innovación y medios digitales: facilitar la difusión, apropiación y aprovechamiento de las posibilidades que para el periodismo de excelencia ofrecen los medios digitales, la innovación, la participación de las audiencias y la creación de servicios periodísticos en la red.

Para alcanzar sus objetivos estratégicos la FNPI no solo hace talleres y seminarios de intercambio y debate. También organiza premios y estímulos a los mejores trabajos periodísticos (…“No basta con ser el mejor, sino que se sepa”, Gabo dixit ); mantiene una línea de publicaciones y un portal rico en recursos en línea, que ofrece consultorios, webinars, cursos y redes virtuales; y se ha comprometido con diversas coaliciones e iniciativas de colaboración y apoyo en favor de un periodismo independiente, guiado por valores éticos y al servicio del interés público.

Nada de lo que aquí he relatado se hubiera podido lograr sin la intensa dedicación de un equipo sólido y comprometido y sin la decisiva contribución de dos grupos fundamentales que el propio Gabo ayudó a formar: la red de maestros y la red de aliados y financiadores. Más de treinta maestros, hombres y mujeres de gran experiencia y prestigio —entre ellos la mayoría de los autores de la selección y comentarios de este libro— abren tiempo en sus cargadas agendas de trabajo periodístico en Europa, los Estados Unidos o América Latina, para participar asiduamente en la vida de la Fundación como directores de talleres, consejeros e integrantes de la junta directiva. De otra parte, decenas de empresas e instituciones del mundo entero, como la CAF (Banco de Desarrollo de América Latina), la fundación de George Soros (OSI), la UNESCO, la Cooperación Española, por mencionar algunas, nos han aportado cada año indispensables recursos económicos y organizacionales sobre la base de objetivos y valores compartidos, proyectos con resultados evaluables y pleno respeto a nuestra independencia.

Gracias a compromisos de apoyo de largo plazo, como el que recientemente ha asumido nuestro aliado institucional, la Organización Ardila Lülle (OAL) de Colombia, es que podemos asegurar la continuidad de esta institución —que a partir de ahora, por decisión de su junta directiva, llevará el nombre de Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, FNPI— y así honrar la promesa que Gabo hizo en el discurso inaugural que pronunció el 18 de marzo de 1995: “Bienvenidos, pues, a este Taller del Nuevo Periodismo Iberoamericano, que hoy inicia con la bendición de ustedes su primer siglo de labores”.

En octubre de 2007 Gabo y yo estábamos en Monterrey, México, con motivo de la entrega de nuestro Premio Nuevo Periodismo, patrocinado por la empresa mexicana Cemex. Habían sido unas jornadas intensas, con un seminario sobre ética, calidad y empresa periodística y una bella ceremonia con periodistas de muchas edades y países que recibieron con orgullo sus premios. Incluso, en lo que se había convertido en nuestra tradición casi secreta, habíamos tenido una escapada nocturna para bailar cumbia, salsa y vallenato con el sabor del Caribe colombiano en cierto rincón fiestero de la capital de Nuevo León. Al final tuvimos una sesión de trabajo para conversar sobre la FNPI y sus programas. Jamás olvidaré el brillo de sus ojos cuando me dijo con una sonrisa de complicidad: “Y pensar que todo esto estaba en nuestra imaginación”.

Cartagena de Indias, 1 de noviembre de 2012