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19 de febrero de 2017
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“La lealtad fundamental del periodista es con la gente, con el pueblo”

22 de septiembre de 2010. Premio, Homenaje

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Gustavo Gorriti. Foto: Marco Garro

Gustavo Gorriti. Foto: Marco Garro

Por Fernando Lozano*

Cuando conversa, las palabras de Gustavo Gorriti brotan más bien como si fueran textos escritos con tiempo y tranquilidad. Busca la palabra exacta, el adjetivo preciso y encuentra los momentos adecuados para hacer los énfasis que le dan tensión a su relato. Cada tanto respira hondo, y deja entrever las reflexiones y los marcados recuerdos que surgen luego de 30 años dedicado al periodismo. En esta entrevista, Gustavo Gorriti habla sobre sus inicios, sus batallas en el periodismo y los retos del oficio para el futuro.

¿Cómo fue empezar a hacer periodismo a los 33 años?

Cuando llegué allí, era un desconocido para todos, y Enrique Zileri (ahora Presidente del Directorio de la publicación) creo que decidió contratarme más por ver en mi currículum que yo había sido seis veces campeón nacional de Judo. Él era muy deportista también, muy vital, parece que eso le gustó y me puso a prueba. Las redacciones son siempre lugares complicados para los principiantes, sobre todo para uno de 33 años. Muy poco después me pidieron que fuera a cubrir alguna comisión de la entonces incipiente insurrección de Sendero Luminoso en Ayacucho. Desde el comienzo sentí muy claro que se trataba de darle la multidimensionalidad a los hechos, poner al lector en ese mundo, tratar de hacer que estuviera conmigo mientras veía lo que pasaba, a la vez de ayudarlo a comprender que había detrás de lo que estaba viendo. Nadie me tuvo que decir eso, fue una comprensión intuitiva básica, parte del hecho, me imagino, de haber leído mucho.

Eso que, a veces, cuando uno pasa por la universidad, no necesariamente lo adquiere…

Exacto. Luego de algunos años me ha tocado contratar a muchos periodistas que salen de las universidades. Pierden mucho tiempo enseñándoles la ‘carpintería’ del oficio, que además cambia mucho, pero no les enseñan lo fundamental. No tienen la avidez de leer, algo que tiene que venir desde el hogar. Lo principal es hacerlos leer, hacerlos aprender a través de los grandes maestros, y estos están en los libros. Luego tienen que enseñarles a mirar, a contar historias, a compararse con los grandes desde el comienzo. Pero les enseñan géneros, un poco de aquí, un poco de allá, y salen verdaderamente formaciones limitadísimas, uno siente con frecuencia que tiene que hacerlos desaprender y reaprender el oficio.

¿Cuál fue su primera historia?

Cuando llegué, Zileri me puso con el editor de internacionales, José Rodríguez Elizondo, a hacer un suplemento sobre los antecedentes y la historia del terrorismo en el mundo. Estaba trabajando en eso cuando se declaró el estado de emergencia policial en Ayacucho, en octubre de 1981. Declararon la emergencia bajo el mando de la policía, y preguntaron “¿a quién se manda?, a ver, Gorriti”, y fui con Óscar Medrano, fotógrafo con el que después hice innumerables viajes a Ayacucho. Sacamos dos casos de torturas en un brevísimo tiempo de reportaje, logramos tres o cuatro historias, algunas de ellas bastante impactantes. Ese fue el comienzo, a partir de ese momento ya no se comisionó a otra persona en ir a cubrir a eso.

¿Imaginaba especializarse tanto en la cobertura del Senderismo?

No. Cuando entré a Caretas mi idea era hacer periodismo cultural. Yo pensaba que se podían hacer grandes notas sobre escritores, artistas en el proceso de creación. Pero sí, me interesaba desde el comienzo el tema del Senderismo. No fui a Ayacucho como una suerte de víctima. Algunos, en Caretas y en otros lados inicialmente lo vieron así, pensaron que esa era una cobertura de policiales. La idea de las redacciones durante ese tiempo era que policiales era una especie de cobertura de menor categoría, cosa que francamente es una estupidez. Esa es una de las coberturas que requiere más talento, más conocimiento, una mayor conjunción de habilidades. La llamada cobertura policial es en realidad la de la violencia y la transgresión humanas. Se pensaba que lo ideal era la cobertura política, estar ‘cerca de’, ‘hablando de’, ‘chismeando sobre’, las pugnas entre los diversos dirigentes políticos. Yo, entre estar dando vueltas en esa cosa que me parecía tan estéril y carente de real interés, y la cobertura del Senderismo, preferí desde el comienzo lo último. Eso, era algo que ponía en tensión las mejores capacidades para poder cubrir algo, y fueron en la práctica, mi gran escuela.

¿Cuánto tiempo cubrió el Senderismo directamente?

Hasta el 86, sin parar, excepto cuando me fui a la Beca Nieman, en Harvard, y luego me puse a escribir el libro Sendero, historia de la guerra milenaria en el Perú. Pero no había mes en que no fuera al menos dos veces a la zona de violencia. Y junto con eso, poco tiempo después empecé a hacer periodismo de investigación. Entonces sumé toda la cobertura del narcotráfico y corrupción, y ahí sí comencé a conocer un mundo nuevo. Fue otra visión de la realidad, otra comprensión del país. Me dediqué a ello con intensidad y tratando de comprenderlo bien, de no equivocarme y de poder llegar hasta el fondo cuando investigaba.

¿Cómo fue el proceso de ese libro?, que algunos consideran que fue el primero de periodismo de investigación sobre el Senderismo…

En realidad lo comencé a hacer desde la primera cobertura. Luego, cuando estaba muy claro que si uno solamente seguía los casos no podría comprender para nada lo que estaba sucediendo, comencé a tratar de averiguar más, qué llevaba a esa gente a hacer lo que hacía, a muchachos que eran jóvenes callados, tranquilos, buenos estudiantes, que de repente eran capturados lanzando una bomba, atacando un policía, matándolo. Me empecé a meter mucho más en el estudio de la doctrina para entender cómo funcionaba su pensamiento.

Luego vino la incursión a la prisión de El Frontón…

Fui el primer periodista que entrevistó a los senderistas en El Frontón, en la prisión que ellos controlaban por completo. Llegué allá a entrevistar a un preso que estaba injustamente capturado, y en lugar de eso fue la impresionante cobertura de cómo los senderistas controlaban entonces la prisión. Ellos me recibieron y me metí a su pabellón. Los pude entrevistar largamente, sacamos tres portadas sucesivas de Caretas con eso, y entonces tuve clarísimo que teníamos una guerra que iba a ser infinitamente más dura de lo que se suponía. A la vez también me puse a tratar de conocer mejor al funcionamiento de las instituciones militares y policiales, y cuáles eran las estrategias y doctrinas contrainsurgentes que tenían, cómo las hacían, cómo las llevaban a cabo, todo eso, y la interrelación con la corrupción. Acumulaba la mayor cantidad de material posible, no podía utilizar todo pero lo iba guardando, pensando en la posibilidad de hacer algo más completo. Entonces busqué la circunstancia de poder escribir el libro.

¿Cuál fue su primer acercamiento a la cobertura de la corrupción?

Fue el caso Langberg, en 1982. Fue mi primer gran caso de investigación, de narcotráfico vinculado con la corrupción política, la infiltración de estructuras estatales y partidarias, el partido aprista (actualmente en el poder) en este caso. Carlos Langberg había llegado a tener las relaciones más cercanas estrechas con los niveles dirigentes del gobierno militar, con el Ministro del Interior --en una estrechísima relación de protección con él--, y después controló el partido aprista para todo propósito práctico: les financió muy buena parte de la campaña presidencial de 1980. Además era un empresario editorial que tenía un periodiquito, P.M., que llegó a botar 500 mil ejemplares por día. Esa persona tenía un poder tremendo, y fue el primer caso. Lo de Vladimiro Montesinos fue en 1983, y simultáneamente con eso, ese año empecé a hacer lentamente la investigación del caso Rodríguez López (narcotráfico) que pude sacarlo recién en el 85. Este controlaba a la entonces policía de investigaciones, al jefe del servicio de inteligencia de esa policía. Que la policía trabajara para el enemigo fue una cosa difícil de aceptar, pero resultó inevitable una vez que las evidencias se fueron dando.

¿Cuál hallazgo lo sorprendió más?

Todo. Pensé que iba a encontrar corrupción, pero hallar los niveles de metástasis que hubo, me sorprendió profundamente. Por supuesto, me hizo investigar más allá para ver hasta dónde llegaba. Por fortuna me ayudaba el no ser pesimista, el no esperar encontrar malas noticias. Entonces, cuando veía una nueva manifestación de corrupción delante de mí, me veía en la obligación de verificarlo y volver a verificar para ver si de alguna forma me había equivocado. Eso me ha ayudado muchísimo para investigar. De otro lado, también pensaba que la corrupción tenía que ser un factor de excepcionalidad y que tenía que haber en esas instituciones gente que defendiera los ideales policiales o militares o ciudadanos, entonces buscaba siempre a la gente virtuosa. Me engañé muchas veces, pero eventualmente los encontré y resultaron siendo excelentes fuentes de información. 

¿Usted ya estaba aplicando técnicas del periodismo de investigación o actuaba más por la lógica?

Por instinto, básicamente aplicando las técnicas de investigación que había empleado en el estudio al tratar de meterme en un tema, buscar las mejores fuentes, usar las fuentes secundarias pero establecer una jerarquía de información, corroborar, cruzar, establecer discrepancias entre diversos datos, poder superar los obstáculos para adquirir la información.

¿Cómo se decidió a tomar un caso tan peligroso?

Tengo un libro sobre eso, se llama La Calavera en Negro, donde cuento cómo tomé el caso. Otro periodista había sido intimidado y había decidido renunciar a ese seguimiento. ¿Cómo me preparé para hacer frente a eso? Mi educación en artes marciales, desde los 15 años, fue un factor muy importante, no en términos de técnica, sino de actitud espiritual, de disciplina, decisión, conocimiento de lo que la fuerza y la violencia pueden hacer o no hacer, conocimiento de cómo yo puedo reaccionar y moverme en esa circunstancia, y sobre todo entereza ante ello, no solamente ante las posibilidades de poder dominar la situación, sino de poder enfrentar todos los aspectos hostiles y negativos que hubo.

¿Sintió entonces miedo por su vida?

Bueno, estaba bastante claro que la vida estaba en juego. Cuando Zileri me propuso que me hiciera cargo, vivía con mi hija y mi novia --que es hoy mi esposa--. Le pedí un día para pensarlo, lo conversé con ellas, y lo pensé profundamente, sabiendo que una vez que se daba el paso, no había marcha atrás. Imaginé todas las posibilidades, ahí busqué asustarme proyectivamente por todos los sustos posibles que podía tener en el futuro. Tomé la decisión de hacerlo. Después de ese momento, sí puedo decir que el miedo jamás fue un factor que me llevara a retroceder o a avanzar. Pude ponerlo de lado.

¿Le siguió la pista a Montesinos hasta que este se encontró con Fujimori?

La primera vez que saqué una nota sobre él fue el año 83. Ya entonces él estaba metido en operaciones de extorsión relacionadas con el ejército. Me fue difícil tomar la historia porque mi familia había tenido una relación de amistad de dos generaciones, de tres quizá,  con la familia Montesinos de Arequipa, pero me llegó la información y al final decidí, pese a eso, llevar a cabo la investigación. Él tuvo que escapar del país a consecuencia de esa primera investigación. Quizá ahí yo cometí un error al pensar que ya había quedado desmantelado como agente de lo negativo, y lo dejé. Pero luego volví a verlo como estratega legal de la organización de los Rodríguez López, y de los policías y militares corruptos. Luego me informaron, porque estuve fuera del país entre el 1987 y 1989, que se había convertido en el asesor en la sombra del entonces Fiscal de la Nación, y en ese contexto, me enteré también después de que había intervenido en el encubrimiento de la masacre de Cayara en la forma inescrupulosa y brutal con que normalmente lo hacía, y estuvo clarísimo que seguía siendo el mismo individuo peligroso, incluso más que antes. Y, de repente, después de que Alberto Fujimori gana súbitamente la elección del 90, recibo la información de que él era su asesor en la sombra.

A partir de determinado momento tuve claro que a Fujimori no le interesaba la verdad ni solucionar ningún problema moral de evitar la presencia de un peligroso delincuente en su entorno. Yo ya no trabajaba en Caretas pero tenía una relación, era corresponsal de El País y escribía seguido en  The New Republic. Tratamos de investigar a Montesinos, pero este le hizo un juicio a Caretas, uno de los primeros de ese tipo, para impedir que publicara cosas sobre él, y era tal el nivel de control e influencia que tenía en el Poder Judicial que esa increíble medida se dio. Yo seguía haciéndolo, pero como escribía para el extranjero, no había demasiado interés. Ahí, ya estaba claro para mí que la situación era muy, muy peligrosa. En 1991 Montesinos era la persona más importante dentro de los organismos de seguridad del Perú.

¿Esos tiempos oscuros se prestan para que se haga mejor periodismo de investigación?

Hubo buen periodismo de investigación de algunos periodistas en algunos medios. Yo diría que, junto con la calidad que tuvieron varias de las cosas que salieron, también había un factor adicional que era el valor, la determinación, y además la capacidad táctica de los periodistas de moverse, porque el órgano central del gobierno era el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Los espías básicamente lidian sobre lo mismo de nosotros, que es la información, entonces había una guerra sobre la información, por supuesto, manejada y aproximada desde puntos totalmente diferentes, y eso incluía, obviamente, seguimiento, vigilancia y presiones y amenazas a los periodistas, y digamos en una desproporción tremenda de medios muy limitados. Y sin embargo salieron cosas notables.

EL SECUESTRO

Usted ya ha contado y ha escrito sobre su secuestro en la madrugada siguiente tras el golpe del 5 de abril de 1992. ¿Con qué actitud salió? ¿Reforzó sus convicciones?

Lo que pasó lo he contado varias veces. Durante varias horas sentí que existía la posibilidad de morir, además, de la peor manera. Puse en juego hasta la última molécula de fuerza, de resistencia espiritual. Una de las cosas que tenía decidido era no permitirle jamás a esa gente verme humillado. Yo sabía, por experiencia, que cuando se está desaparecido, que eso fue el secuestro en realidad, las posibilidades de ser encontrado vivo son más o menos similares a las de encontrar un auto robado: las primeras 48, 72, hasta 96 horas, son relativamente altas de encontrarlo, después de eso bajan bruscamente. Yo me propuse tratar de aguantar ese lapso. Si después de ese tiempo continuaba desaparecido, sometido a torturas y maltratos, ya quería decir que mis posibilidades de salir con vida eran mínimas, y entonces había tomado la decisión de buscar resolver las cosas definitivamente. Por fortuna, los planes de contingencia que hice funcionaron bien, ellos fueron además torpes en llevar a cabo sus planes, y pude salir, tuvieron que reconocer mi detención, tuvieron que liberarme. 

Cuando salí, fue con la determinación de que no me volvieran a agarrar, porque estaba bastante claro que si lo hacían, ya no salía vivo, y a partir de ese momento, durante varios meses, mantuve en el Perú y fuera de él, una posición de absoluta y durísima oposición a la dictadura. Cuando me preguntaron por qué me habían secuestrado, dije que era por haber revelado y llamado como lo que era, un traidor a la patria y un narcotraficante, a quien en ese momento controlaba el país, Montesinos, y que esa era la venganza de él. Pero una vez libre lo hice con más fuerza todavía. Resultado de eso fueron amenazas cada vez más virulentas, más fuertes, y yo y mi familia estábamos preparados para escenarios cada vez más cruentos. Me convertí en inempleable, cada vez recibían con menos agrado las cosas que yo tenía que decir, que no querían escuchar, era una cuestión muy incómoda lo que estaba hablando, no solamente aquí, sino en las publicaciones en el extranjero.

Mantener asegurada a mi familia me era costoso, y yo cada vez ganaba menos. Entonces en uno de los viajes que hice me ofrecieron ir al Carnegie Endowment for International Peace en Washington como Asociado Principal, por seis meses. Pensé en ir por un poco tiempo, y fue por ocho años. No escapé, salí después del golpe de Estado, di charlas, entrevistas que salieron publicadas en los medios principales. Después de eso regresé a Lima, continué en lo mío. El autogolpe y el secuestro fue en abril, yo me fui en agosto porque no podía sostenerme, no podía alimentar a mi familia. Fuera del país se me ofreció ese empleo muy bueno, en Washington. Estuve allí cuando llamaron a avisar de la captura de Abimael Guzmán (12 de septiembre de 1992).

¿Cómo sintió la recepción del mensaje de un periodista que hablaba de la dictadura desde fuera?

Inicialmente muy bien. Una revista importante me había comisionado hacer un perfil sobre Montesinos. Cuando estuvo producida, llegaron a la conclusión de que no la querían. Solo salió un año y pico después, en una revista alternativa, Covert Action Quarterly. Aquí La República la hizo traducir, pero el SIN compró la edición completita del diario. Yo podía publicar en casi todos los periódicos de Estados Unidos, sobre cualquier cosa, menos sobre Montesinos. Me decían que era un tema “en el que tienes demasiada pasión”. Viví primero en Washington, luego dos años y pico en Miami, y en 1996, La Prensa de Panamá me contrató como su Director asociado. Nos mudamos a Panamá y trabajé allí cinco años que fueron repletos de luchas.

¿Cómo fueron esas luchas?

Panamá es un país transaccional. Me di cuenta que debía enfocar el periodismo de investigación en el aspecto financiero, el económico y las trampas que se hacían dentro de él y el uso del poder político para ello. Mi primera investigación fue sobre un banco (Banaico) que había quebrado y se había llevado los ahorros de muchas personas. Hilando llegué a cuestiones de narcotráfico y de tráfico de armas que comprometían a varios dirigentes del partido del gobierno, e incluso llegaban hasta el yerno del entonces presidente Ernesto Pérez Balladares. Cuando estaba llegando a eso el gobierno quiso expulsarme del país.

Como era una razón evidentemente corrupta para hacerlo me negué. La situación se volvió tensa y yo me fui a vivir al diario La Prensa. Fue un enfrentamiento muy duro, en condiciones bastantes difíciles, pero creo que el gobierno recibió muchos más golpes y tuvieron suficiente. Me dieron el permiso y se acabó esa parte de la pelea, pero lo demás continuó. Cada investigación importante que sacamos, y fueron muchas, me significaba un proceso. La parte final de eso fue cuando continué investigando y llegué a probar que Pérez Balladares había tenido participación central en el contrabando de chinos a Estados Unidos, por supuesto tuve más juicios en Panamá pero los gringos le quitaron la visa, lo que allá es igual a que te castren. Estuve ahí hasta el año 2000 en que Alejandro Toledo, entre la primera y segunda vuelta electoral, me pidió que fuera a asesorarlo, y esa fue la primera vez que dejé el periodismo. Dije abiertamente que no me consideraran periodista hasta nuevo aviso, y vine al Perú, toda la campaña, la ‘Marcha de los cuatro suyos’, etcétera.

Estuvo cerca del que después sería el poder…

Cuando llegué no era gobierno. En términos generales es malo estar cerca del poder pero dije: esta es la lucha de la democracia contra la dictadura. El periodismo y el periodismo de investigación ya han hecho todo lo que podían hacer. Hay algunos momentos en que ya no basta. Y estuve en la campaña de 2000. Dije entonces que iba a acompañar a Toledo hasta la puerta de Palacio y que ahí me iba a despedir de él. Luego en la campaña de 2001, él me pidió que siguiera con él, pero dije que no, porque era democrática. La única circunstancia en la que yo estaba dispuesto a regresar a asesorarlo era si Alan García prometía ganar. Pensé que jamás sucedería, pero estuvo en la segunda vuelta. Lo pensé muy bien de nuevo y otra vez entré a asesorar a Toledo. Por fortuna se ganó. Cuando estaban repartiendo ministerios, fui con una carta para despedirme y decirle que regresaba al periodismo. No estuve un segundo en el gobierno.

¿El periodista tiene que tomar partido en momentos de crisis? 

El periodismo de investigación para funcionar necesita que haya un mínimo de tejido institucional sano. Somos los portavoces de la ciudadanía, pero al fin y al cabo estamos dentro de un Estado, y este debe reaccionar para hacer que el espíritu de la ley prevalezca. Cuando eso no ocurre, cuando estás en una dictadura, cuando todo es un travestismo ¿Qué haces? Llega el momento de que esa lucha signifique el poder retornar a un sistema en que las leyes valgan, las instituciones cuenten, los derechos imperen. Creo que hay circunstancias extremas en las cuales el periodista tiene que actuar como ciudadano sin mentirle a nadie sobre lo que uno está haciendo.

¿Cuál fue el ofrecimiento más grande que le hicieron para censurar una historia y cómo la rechazó?

No ha habido ningún gran ofrecimiento sino problemas y dilemas específicos. He dejado de publicar algunas notas por consideraciones humanitarias, jamás por presión. Todas, incluso las que se daban desde la amistad, fueron rechazadas. Sin estridencias ni escándalos, pero sí con firmeza.

¿Dónde es más difícil de hacer periodismo de investigación ahora?

El otro día Hillary Clinton dijo que México estaba en una situación insurreccional. En varias zonas el Estado está totalmente subvertido, los policías trabajan para los narcos, o no existen. Es muy peligroso ahora. Me imagino que hay cosas que se pueden investigar con facilidad, imagino que incluso se puede cubrir la guerra bien si uno sabe protegerse adecuadamente, si las compañías periodísticas también te protegen y entrenan adecuadamente a los que están en medio. Si me comisionaran para hacer una nota importante buscaría ir. Pero ahora mis energías están abocadas a lograr que este nuevo experimento en periodismo de investigación no tradicional a través del nuevo medio, idl-reporteros.pe, pueda tener las mejores posibilidades.

 ¿A raíz de qué necesidad nace idl-reporteros?

El ver la deprimente situación en la que se encuentra la prensa en general y el periodismo de investigación en particular, la decadencia que hay y la importancia cada vez mayor que tienen las nuevas formas de corrupción, las nuevas formas de degradación y aún de prostitución de la actividad periodística; los conflictos de intereses dentro de los medios, la prevalencia de la autocensura en muchos, y la necesidad cada vez mayor de un periodismo de investigación fuerte. En muy poco tiempo hemos hecho una parte sustantiva, no menos de la mitad y quizá más, de las investigaciones importantes que ha habido en el Perú este año. Para ser un grupo muy pequeño (tres periodistas y yo), no está mal.

¿Cómo le ha ido con el soporte electrónico? ¿Le ha favorecido?

Tremendamente. Te da una capacidad de publicar evidencia que antes no la tenías; de ilustrarla desde varios medios, que tampoco lo teníamos; Te permite llegar inmediatamente, escribir, publicar y salir, eso lo tiene la radio, pero en internet no necesitas mayores instalaciones para eso. El otro día, tuvimos un corte de luz y publicamos toda la edición desde un iPhone. Se lee bastante y es muy interesante ver cómo se esparce en la red y luego varios medios los recogen. Está lleno de promesas.

¿Los periodistas estamos muy metidos en la oficina y falta ensuciarse los zapatos?

Por supuesto, las redacciones durante el día deberían estar vacías, debería haber equipos moviéndose por todo el Perú, y debería haber gente investigando todo el tiempo, y todos los días deberían estar peleando cuatro o cinco reportajes por ver cuál es de primera página. Así no tendrían que temer el avance de las nuevas tecnologías, de la televisión y todo eso. Porque no hay nada, absolutamente nada, que reemplace al reportaje directo.

¿Cómo está la curva de libertad de expresión en la región?

Va cambiando el problema, va cambiando su naturaleza. Aquí lo que ha sucedido es el cultivo del pensamiento hegemónico, el pensamiento único, el empobrecimiento de los debates. El hecho de que haya agendas secundarias y ocultas detrás de buena parte de los medios, los hace tener otros intereses que defender, un montón de cosas que no pueden tocar. Dentro de todo eso, hay muchísimo menos esfuerzo dentro de lo que es el periodismo puro, la revelación de cosas.

¿Cree que las presiones se van a sentir más fuertes para la campaña electoral peruana?

Sin duda, hay periódicos que van a funcionar exclusivamente para atacar a tal candidato y defender a otro. Ya lo estamos viendo. Para mí lo importante es que se pueda crear, mantener y hacer crecer una masa crítica de periodistas bien formados, motivados, inteligentes, honestos, calientes, con capacidad de llevar las cosas a fondo, no para servir a tal o cual interés, no como empleados, no como perros de ataque de tal o cual posición, no como propagandistas, sino, esencialmente, representantes de la gente, que sientan que su lealtad fundamental, mucho más que con la empresa para la que trabajan, es con los intereses de la gente, del pueblo. Esta palabra ahora parece que ha sido tan mal usada, pero sí pues, los intereses del pueblo, de la gran mayoría. Para eso es para lo que debe trabajar el periodista.

*Fernando Lozano Chávez (Lima, 1981): Periodista. Ha cubierto policiales, política e internacionales en los diarios Extra, Expreso y Correo, y ha trabajado en el suplemento deportivo de El Comercio. Actualmente es redactor de la web del mismo diario, elcomercio.pe. Ha publicado artículos en la revista Arcadia y enseña un curso de periodismo digital en el Instituto San Ignacio de Loyola (ISIL). En 2005 fue becario de la FNPI. En Twitter: @ferlozan.


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